Opinión

2 de Febrero de 2019 - Nota vista 1019 veces

Parejas desparejas

De todos los vínculos que enlazamos, más allá de los familiares, la amistad ocupa un lugar de alta consideración, pero es el de pareja quien concita elevada dosis de energía psíquica para su construcción y en ocasiones, también para su deterioro.

Poco podemos agregar a las profundas y placenteras vivencias que el encuentro amoroso produce. De una manera u otra, es una experiencia por la que se ha atravesado en algún momento de la vida, y sus huellas son imborrables. Mucho más, cuando se transformó en andamiaje de un proyecto de largo tiempo o inclusive, cuando fue de corta duración.

Pero es necesario recordar los sucesos que transcurren en la psicología de los enamorados, para luego distinguir y precisar, especialmente cuando eligen luego compartir una historia de vida. Ya que en la misma surgirán inevitables rutinas, costumbres, crisis, buenos y malos momentos económicos, además de sostener, con frecuencia, la condición de padres.

Tomemos en cuenta que el comienzo del vínculo está regido por un estado de Idealidad que alcanza mayor altura cuando la persona elegida se convierte en la siempre imaginada y deseada. Circula en este trance, una conexión afectiva tan honda y tan placentera, que hace pensar que nada podría afectarlos y mucho menos debilitarlos. Este estado de Idealidad es una producción psíquica que tiene su origen en los nutrientes afectivos que se inscriben a partir de la continencia afectiva que se tiene en la niñez y deja guardadas las matrices de lo que será atrayente.

Cuando en la adolescencia o adultez se produce el fantástico encuentro amoroso, posibilita que emerjan las escondidas idealidades que se depositan sobre el bello rostro, gestos delicados, palabras envolventes, sonrisas atrapantes y estéticos cuerpos de la persona que cautiva. Es frecuente hablar y sentir que la fascinación, es un atributo reiterado en el estado de enamoramiento, donde el intercambio genera encantamiento y se entrelaza con una vivencia hipnótica que mutuamente se provocan los elegidos. Todo un hechizo que los envuelve, desapareciendo el mundo cotidiano que rodea, y solo vibra este acontecer emocional tan hermoso, que no alcanzan las palabras para explicarlo y abarcarlo (Aunque los poetas, por cierto, dejaron sus mejores palabras).

En rigor, debemos decir conceptualmente que este estado, a través del cual se inicia una conexión amorosa, se basa en una Idealidad que está diseñada por lo que cada uno fue construyendo en sus laberintos psíquicos, sin presencia de la consciencia. Es decir, en la idealidad prevalecen expectativas de orden inconscientes y desconocidas que cuando se activan, hace imposible creer que la más bella persona con la que estamos viviendo la “historia de amor” no sea la causante de todo lo que sentimos. Hablando con mayor propiedad, la persona elegida es sencilla y complejamente: la depositaria de aquellas expectativas inconscientes. Dicho en términos psicoanalíticos, NO es lo que ES, sino lo que CREO de él/ella. Es decir, le adjudicamos sentidos que nacen en cada uno, y erróneamente creemos que todo proviene del otro/a.

Lo fantástico de este encuentro, es que la experiencia amorosa es mutua. A los dos les pasa de igual manera. Ambos son propietarios de la certeza que es el otro el que provoca este torrentoso caudal de emociones nunca sentidas. Así es como se inscriben las primeras marcas de una pareja. Esta “luna de miel” embelezante, no toleraría este análisis. No lo aceptaría.

Saludablemente, las parejas, al transcurrir el tiempo, descubren aquello que no se veía. Al correrse el velo del enceguecimiento amoroso, comienzan a surgir las primeras discrepancias, primeras peleas, primeros dolores y decepciones. Momentos penosos que sin embargo portan un sentido de crecimiento y por ello, de salud: es el descubrimiento de la diferencia entre lo que creíamos y lo que es. Esta “caída de las vendas” como se dice popularmente, es la que permite apreciar lo que “estaba ausente”, y pone en marcha el proceso de Des-idealización. Condición ésta que permite a las parejas inaugurar un modo de relacionamiento más maduro. Ya no todo es como uno quiere y desea, sino que se expresan con más libertad, ideas o emociones que antes se “guardaban” y quedaban momentáneamente suspendidas o postergadas por la bella entrega a esta historia de amor naciente. Pero resurgen en esta etapa más madura. Son anhelos o gustos personales que procuran ser resueltos y considerados en la vida de pareja, ya que se trata de saludables iniciativas, expectativas o proyectos personales.

La Des-idealización nos cuenta y recuerda que en las parejas, no siempre tenemos el mismo amor por el deporte, el arte, la música o la política, entre otras particularidades, y ello no debiera ser un problema. Pero puede surgir, al hacerse visibles las diferencias, el modo en que las toleramos o no. Es decir, como nos posicionamos cuando la elección del otro/a no coincide con la de uno. (Y dejo expresamente de lado el estado de celos, que complica mucho más y no es de buen pronóstico).

Estamos en presencia de diferencias saludables, refería, y el mecanismo que opera para poder sobrellavar con éxito, es la madurez. Agradable y pretendido concepto, que implica dar cuenta del lugar que ocupa en cada uno, los miedos, la inseguridad, la desconfianza, el optimismo o pesimismo. Variables estas que intervienen en las bases del propio psiquismo y nos hace ser propietario de una posición de mayor o menor seguridad y confianza en sí mismo.

Cuando las parejas, además de elegirse cada noche y cada mañana, también eligen proyectos personales que se diferencian y no les resulta temeroso, es porque hablamos de parejas maduras y constituidas con solidez.

Las parejas desparejas, en cambio, no toleran que el otro haga algo distinto a uno. Con sutileza o sin ella, imponen sus miedos, dudas o preocupaciones que debilitan la posición del otro y pretenden que cambie de postura. Es decir, las parejas desparejas actúan haciendo que el otro sea como uno pretende. Esta forma sutil (o grosera) de coerción y sometimiento, promueve una vida conflictiva y tensa, que produce protestas y enojos, pero el daño es mayor cuando uno de los miembros esconde el malestar, “lo traga” o naturaliza. La cultura machista sabe mucho de esto. La vida tensa y perturbada que impone este modo de vinculación, deja secuela en las personas y mucho más, en la descendencia.

La poesía siempre nos regala palabras que conducen al sentir y reflexión, especialmente cuando alude al amor. Elegimos para despedirnos a Francisco de Quevedo, escritor español del llamado Siglo de Oro, que nació en 1580 y falleció en 1645. De su obra “Definición del amor”, extrajimos el siguiente fragmento:

“Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada...”

Lic. Mario Sarli

Psicólogo

 psicosarli@gmail.com

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