Educación

2 de Febrero de 2019 - Nota vista 404 veces

El dilema de los jóvenes que terminan el secundario

Los recién egresados suelen sentirse presionados familiar y socialmente para definir su futuro. ¿Se puede, a los 18 años, elegir con absoluta certeza qué hacer en términos laborales durante el resto de la vida? ¿Qué estudiar, qué camino seguir, cómo y dónde?

A esa edad, y quizá durante buena parte de la vida, por lo general se tienen más preguntas que respuestas. Y también están las preguntas de los otros. Si le preguntáramos a un joven que está cursando su último año de secundaria cuál es la pregunta que más le hacen sus amigos, familiares, docentes o vecinos, no cabría duda que su respuesta sería la siguiente: ¿Qué vas a hacer? ¿Qué vas a estudiar? Estas son dos preguntas que refieren a lo mismo pero con sus matices. Mientras la primera alude al amplio campo del hacer que incluiría estudiar, trabajar, estudiar y trabajar o emprender otros proyectos, la segunda restringe las posibilidades de respuesta al ámbito del estudio, algo entendible en una sociedad que estimula el acceso a los estudios superiores pero que, presentado a modo de exigencia u obligación, puede obturar el deseo de estudiar del sujeto que elige, aspecto decisivo para poder sostener cualquier proyecto académico.

Existe además una instancia anterior, externa al joven en cuestión, que es la posibilidad de elegir, algo que no abarca necesariamente a toda la población de esa franja etaria sino a los que tienen la chance real de hacerlo, independientemente de la obligatoriedad de terminar los estudios secundarios. Es decir que, frente a esas preguntas, lo primero que aparece es la obvia desigualdad que atraviesa a toda la sociedad más allá de la edad. Y para quienes sí tienen esa posibilidad, hay otras circunstancias que pueden impedirles o dificultarles la respuesta, como las historias personales, los mandatos familiares o sociales y hasta la coyuntura económica. Por eso los procesos de orientación vocacional deberían tender a promover, frente a la pregunta instalada en la vida colectiva, su transformación en una pregunta singular: ¿qué me pregunto yo en estos momentos?

Al mismo tiempo, el aún estudiante secundario se ve bombardeado por acciones de marketing periodístico que tienen por objetivo instalar distintas carreras o instituciones, con argumentos tentadores que prometen revelar “las profesiones del futuro”, “los profesionales más buscados” o “las carreras con mejor salida laboral”, relacionando casi exclusivamente la elección con el potencial nivel de ingresos y no con los deseos íntimos del adolescente que se asoma a ese momento inaugural de la vida.

En la actualidad, finalizar la escuela secundaria y encarar los procesos de transición constituyen, para los jóvenes, situaciones de gran incertidumbre. La velocidad en la que transcurre la vida humana es la antítesis de la regularidad y estabilidad de la vida social en otras épocas. Terminar la escuela secundaria implica pensar más allá de la elección de una carrera. Es transitar un momento de reacomodamiento que implica la reestructuración de representaciones vinculadas al presente y al proyecto futuro cuyos efectos tienen fuertes implicancias en la constitución subjetiva. 

El proceso de transición no deja de ser una oportunidad para recrearse a uno mismo, incluso en tiempos en los cuales se vive bajo amenaza de exclusión. Terminar la escuela, entonces, es una experiencia crítica con potencialidad creativa pero atravesada por el riesgo de perder un lugar material y simbólico en la trama social.

Muchos jóvenes terminan el secundario y entran en una especie de nebulosa que les impide divisar el camino hacia donde seguir. Algunos prueban con distintas carreras universitarias sin decidirse por ninguna o se decepcionan con las trabas que encuentran para ingresar al mercado laboral. Otros aprovechan este momento de incertidumbre para viajar.

Para muchos jóvenes decidirse por una carrera implica todo un desafío que los llena de dudas. Algunos chicos eligen sin pensarse realmente a ellos mismos. Se deciden por veterinaria, por ejemplo, porque les gustan los animales. Pero después se dan cuenta de que el interés no era profesionalizante, y no soportan los años de estudio ni las materias que deben aprobar para alcanzar la meta.

La tendencia a elegir las carreras más tradicionales se relaciona con la falta de conocimiento sobre otras posibilidades de estudio. A su vez, los chicos, para tomar una decisión, suelen basarse en lo que circula en el imaginario social sobre lo que implican las distintas profesiones y no consideran otras alternativas.

El título universitario no es la carrera que se puede hacer. Uno puede estudiar una carrera pensando que la salida laboral es la conocida. Pero durante el camino descubre otras cosas que se pueden hacer con esa formación, y tampoco el estudio de grado debe ser entendido como la única opción.

En definitiva, las dificultades frente al imponente futuro comienzan, más allá de las características y situaciones particulares, por la obligación de elegir. Y elegir también es perder, descartar otras opciones. Lo que iguala en este caso es la imposibilidad de no elegir. Por eso sería interesante que se instrumenten políticas públicas de acompañamiento en los procesos de cierre y finalización de la etapa del colegio secundario, y que pudieran implementarse instancias de orientación vocacional. Esto independientemente de que se considera que la idea de “vocación” es ambigua, ya que lo que en realidad se busca en la orientación es ayudar a organizar el deseo de hacer algo, que no se reduce a trabajar o estudiar. 

En definitiva, el cierre de cada etapa implica un duelo personal y la decisión de comenzar un nuevo camino. La mayoría de los chicos lo viven con angustia, otros con mucha responsabilidad, y muchos que tienen miedo a fracasar. También quienes dicen: yo pruebo y veo. Eso está muy relacionado con la personalidad de cada uno y con la familia también.  Como padres y adultos podemos acompañar a los chicos en una decisión y hacerlo reflexiva y criteriosamente, pero sin ejercer presión.




Escrito y confeccionado por el Psicólogo Gastón Fernández Montani, de la LINEA 102 “Teléfono del Niño”, del Centro de Fortalecimiento Social de la Municipalidad de Concordia

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