Opinión

19 de Enero de 2019 - Nota vista 531 veces

Esperar y desesperar

Saber esperar es quizás una de los atributos personales que reflejan madurez, sabiduría, certeza de objetivos y una experiencia histórica en la que se acumularon resultados favorables.

A muchos nos acompaña el recuerdo escalofriante del terremoto y tsunami de Japón en marzo del 2011, donde además de las penosas escenas, se pudo ver también como muchos de sus habitantes, después de la tragedia esperaban la provisión de elementos vitales de los organismos sanitarios y Cruz Roja, en un estado de calma inmensa que contrastaba con la furia que la naturaleza los lastimó hacía pocas horas.

Esperar significa en la vida de las personas, una posición de templanza y sensatez, que expresa adecuación entre el deseo y la expectativa de satisfacción. Quizás uno de los rasgos visibles de aquellos que muestran comportamientos contrarios, es decir, de intolerancia y anhelo de pronta resolución de las expectativas, es que presentan un entramado psicológico muy asociado a estados ansiosos, donde la postergación de los resultados se convierte en un tiempo extenso y perturbador, casi imposible de soportar.

Sabemos que en el desarrollo humano, los niños son propietarios de la inmediatez. No saben ni pueden esperar. El deseo y la urgencia de satisfacción van unidos y cuando se frustran, rápidamente expresan la insatisfacción y activan en sus padres búsquedas aceleradas para dar solución a las demandas, aunque no sean las que el pequeño solicita. Esto provoca llantos y berrinches con enojos ante la frustración e inician las primeras marcas matriciales acerca de cómo cada uno aprenderá a convivir con los deseos y la espera de gratificación. Con el crecimiento, la cultura presta apoyo a través de la escuela, e inscribe el necesario freno para responder las demandas en tiempos diferentes, considerando al conjunto de alumnos que también desean por igual.

Esto nos dice que además del comportamiento personal que cada cual porta respecto a la tolerancia a las esperas, existe también un contexto social que contribuye a los apuros o a saber esperar. El recuerdo de aquella tragedia en Japón, alude a la fuerza que posee aquella cultura para establecer comportamientos colectivos positivos y favorables.

En cambio esta sociedad que habitamos, más allá de los atributos positivos que posee, tiene escasa tolerancia. Hay un entrenamiento permanente para lograr resultados con inmediatez. Apuros y atropellos van de la mano. Así lo muestra el tránsito nuestro de cada día. El modo de conducirnos en rutas y calles habla de dicha intolerancia. Uso de bocinas, velocidades altas, ausencia de señales de giro, estacionamientos en lugares indebidos, es moneda frecuente en conductores de autos, motos o bicicletas. También como peatones, no existen diferencias. Así estamos, Así nos va. El número de accidentes y muertes que provoca esta forma de “transitar la vida”, no lo desmiente.

Y en estas apreciaciones, aún no hablamos de desesperación. Condición esta que en primer lugar se refiere a la pérdida de esperanzas y luego se explica cómo alteración del ánimo causado por cólera, impotencia, o enojo. Estas definiciones expresan la afección que puede sufrir una persona o un conjunto de ellas en estados extremos. De las muchas carencias humanas, el hambre, la falta de trabajo, persecución ideológica, privación ilegítima de libertad o exilio, probablemente sean las de mayor profundidad y complejidad, además de ser capaces de desencadenar estados de desesperación. Hay en ellas, un compromiso de la esfera afectiva. De la misma manera, existen otras, íntimas y asociadas a duelos ante pérdidas afectivas, tales como rupturas matrimoniales, noviazgos o muertes de seres queridos que pueden producir estas desesperación. Ciertamente, deben incluirse en esta acepción, aquellas que surgen por sentimientos de soledad o angustia intensa que conducen, en ocasiones, a estados extremos.

La condición de extremo se explica no solo por el íntimo sentir, sino por los actos reactivos que desencadena. Desde el siempre incomprensible suicidio, hasta aquellos que se asocian a acciones violentas o delitos, están enlazados a esta posición emocional desesperante. Las personas cercanas a quienes se encuentran en estados extremos, también se acongojan y padecen inquietudes, desasosiegos o malestares diversos. En reiteradas ocasiones, son los primeros en registrar las dolencias en sus seres queridos.

Existen otros planos más amplios y quizás distantes para la cotidiana comprensión de estados desesperantes. Refiero aquellos que se relacionan con la pobreza, falta de trabajo o enfermedades terminales. Así mismo los pueblos que padecen guerras y crueldades inimaginables, o los migrantes que buscan nuevos horizontes y viven estados desesperantes. Muchas veces estas realidades nos llegan a través de los medios, o bien tomamos conocimiento por diálogos con quienes nos informan. Impactan, espantan, pero dura un breve tiempo, luego se diluyen. Es que comprender por la vía intelectual no es lo mismo que el sentir.

Cuando la pobreza es de otros, a ellos les pertenece. Comprenderlo no significa sentirlo. El acto intelectual produce una ligera distancia sobre los hechos penosos y así se logra amortiguar el sufrimiento que permite continuar la vida cotidiana. Quizás porque la capacidad racional construye un límite auto-protector para no sufrir.

 El sentir, en cambio es arrollador. Ingresa sin permiso y como piel desnuda, filtra por cada poro el pesar doliente o la amarga certeza de muertes cercanas. Hasta se eriza al conocer malas noticias. Solo que así sucede cuando los vínculos son allegados. Cuando no lo son, solo se los comprende y la mayoría sigue su marcha.

Algunos se detienen y se conmueven ante el hambre, la pobreza o los despidos. Acompañan, protestan y actúan. Presentan mayor sensibilidad social y saben que el dolor de otros también puede ser suyo.

Son personas que tienen presente aquellas dolorosas palabras “Ellos vinieron”, (atribuidas erróneamente a Bertolt Brecht) que pronunció el pastor protestante Martin Niemöller en la Semana Santa de 1946 en la población de Kaiserlautern (Alemania), y que se tituló “¿Qué hubiera dicho Jesucristo?”, en referencia a la apatía del pueblo alemán ante la crueldad nazi. Esta versión original, dice así:

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,

guardé silencio, porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté, porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a buscar a los judíos,

no pronuncié palabra, porque yo no era judío,

Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,

no había nadie más que pudiera protestar.”

La versión atribuida a Bertolt Brecht, dice así:

“Primero se llevaron a los judíos,

Pero a mí no me importó porque yo no lo era;

Luego, arrestaron a los comunistas,

Pero como yo no era comunista tampoco me importó;

Más adelante, detuvieron a los obreros,

Pero como no era obrero, tampoco me importó;

Luego detuvieron a los estudiantes,

Pero como yo no era estudiante, tampoco me importó;

Finalmente, detuvieron a los curas,

Pero como yo no era religioso, tampoco me importó;

Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.”

Lic. Mario Sarli

Psicólogo

psicosarli@gmail.com

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