Opinión

18 de Diciembre de 2018 - Nota vista 1680 veces

PARECEN INSIGNIFICANTES, PERO...

Se aproximan las tradicionales fiestas de fin de año. En relación a ello realizamos algunas actividades que en los restantes meses no concretamos.

Una de ellas es preparar el ‘‘casi mágico” arbolito de Navidad. Y en cuanto a es­to he escuchado decir que, dado el precio de los adornos que le colocamos, una solución podría ser colgar de él “los botones de la abuela”. Me sentí motiva­da para informarme lo mejor posible sobre estos tan especiales y comunes ele­mentos. Así, gracias al saber de Ana Sofía Ramírez Heatley, llegué a conocer lo siguiente:

          En alguna época los botones representaron objetos de culto, gravados con impuestos suntuarios, pero en la actualidad, a pesar de ser piezas esenciales en las prendas de vestir, su importancia pasa muchas veces inadvertida.

Entre la lista de objetos que aunque son insignificantes en apariencia resultan indispensables en la vida cotidiana, se encuentran los botones. Acerca de su utilidad basta con perder alguno en un momento de crisis o prisa extrema para darse cuenta de que una prenda sin botón puede resultar inservible. Es probable que su éxito radique en el sencillo mecanismo de introducirlo en un ojal, acción que además es reversible, por lo que constituye una manera óptima y sencilla de abrochar (o desbrochar) una prenda.

En cambio, la insignificancia de este objeto proviene de dar por sentada su existencia u obviar su importancia.

Los botones son, en principio, piezas generalmente planas y muchas veces redondas, aunque la moda y la tecnología han modificado su apariencia en infinitas posibilidades. Y es real que en sus orígenes se usaban con fines más bien decorativos.

            Se sostiene que el botón más antiguo fue encontrado Mohenjo-daro, una muy antigua ciudad de Pakistán. Ese botón primigenio, hecho en valva curva, tiene alrededor de 5.000 años de antigüedad.

           Como lo demuestra la historia, los botones no figuraron como piezas útiles, sino más bien ornamentales, hasta la aparición de su contraparte: los ojales. El principal problema de estos agujeros o cortes en las prendas fue encontrar un reforzamiento efectivo que evitara aberturas desmedidas.

                                                                                                                                                                    En el siglo XIII se inventaron los ojales reforzados y con ellos los botones cambiaron el propósito. Su uso fue, tan recurrente durante la época, que incluso hubo leyes suntuarias para regularlo.

De manera paulatina la fabricación de botones se aceleró con el impulso de la Revolución Industrial y hasta mujeres y niños trabajaban en las fábricas en que se llevaban a cabo estas tareas.

A lo largo de la historia se observa que se ha usado gran variedad de materiales, según la región, como cristal y cerámica, por ejemplo, en Francia.

Y vale destacar que en China se desarrolló una técnica para su elaboración en madera con una gruesa capa de laca en color bermellón. Otros materiales más exóticos fueron el papel maché y nácar.

           Hacia finales de la Edad Media muchos botones eran elaborados con ma­teriales valiosos, por lo que, sin dudas, representaban un lujo para quien lo usaba, más aún si consideramos que algunos no cumplían ninguna función utili­taria. En su confección se emplearon metales como oro, plata y aleaciones de cobre además de materiales exóticos como marfil y carey (caparazón de tortuga).

                                                                                                                                                                  Toda una cuestión de estatus. Y se utilizaron incrustaciones de materiales como piedras preciosas que mostraban rango y riqueza.

En fin, el arbolito de Navidad y los botones de la abuela: todo un tema.


María Rosario Echeverría

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