Interés General

8 de Diciembre de 2018 - Nota vista 361 veces

El tránsito de las Intolerancias

NADA NUEVO DECIMOS AL AFIRMAR QUE EL TRÁNSITO POR RUTAS Y CALLES DE NUESTRO PAÍS DESNUDA NUESTRAS ÍNTIMAS FALENCIAS, CUYA SÍNTESIS DIAGNÓSTICA PODRÍA LLAMARSE: SEVERA DIFICULTAD DE CONSIDERAR AL OTRO.

La consideración, en términos generales, implica la acción y el resultado de considerar y normalmente se la usa en dos sentidos, por un lado, para dar cuenta de la reflexión profunda que se realiza sobre algo y por otro, para expresar el respeto que se profesa respecto de un individuo.

Cuando una persona presenta comportamientos comprensivos y respetuosos, como característica de su personalidad, se lo suele denominar con el término considerado o considerada.

Si al término consideración, analizado desde esta perspectiva individual lo trasladamos al tránsito como contexto social, debemos decir que es frecuente hallar infracciones diarias que se naturalizan y adquieren rango de comportamientos que se instituyen en la cultura. Siendo esto así, el concepto consideración en el tránsito, es un faltante.

Por cierto, no es normal el atropello o avasallamiento a otros. No es sano que el apuro personal habilite adelantarse en las filas, en las compras, sacando tajadas lastimosas que íntimamente se festejan. No es saludable que las personas en sus conducciones de vehículos, tomen por las banquinas para avanzar, evitando el atoramiento del tránsito, o incremente velocidad ante la lentitud de la circulación. Que la bocina se transforme en la expiación catártica de irresoluciones de otro orden, (ya que representa el fallido e ineficaz método para canalizar frustraciones personales), provocando mayor tensión en el resto de los conductores y peatones.

La intolerancia en el tránsito se torna un malestar creciente, contribuyendo a este estado, la disminución de los umbrales saludables y equilibrados, razón por la cual, irrumpen conductas impulsivas y desbordadas. Es en este estado el que cambia la psicología del conductor o peatón, modificando no solo sus actos de manejo en las calles o rutas, sino que además se altera su percepción de las otras personas, apreciándolas como obstáculo o problema que precisa quitarlas del camino.

Esta pérdida del sentido colectivo y las normativas que las regulan, propicia que cada persona, imponga su conducta alterada, desoyendo las pautas establecidas y desconsiderando al resto, que es lo mismo que decir, desconsiderando a la sociedad en la que habita.

El advenimiento a condición de síntoma social se formaliza cuando adquiere este formato descripto, porque no se trata de unos pocos conductores o peatones que desarrollan éstas prácticas. Es tal el creciente des-manejo instalado, que se convirtió en dinámica cultural cotidiana de la sociedad. Provoca- do la naturalización de comportamientos prohibidos tales como, cruzar semáforos en rojo, transitar a velocidades excesivas, detener el coche en doble fila ante cualquier necesidad (como si ella fuera impostergable), no hacer señales de giro, cruzar por cual- quier lugar de una calle, no usar cascos de bicicletas o motos. Es tanto, pero tanto el número de imperfecciones y faltas que se cometen en el tránsito, que cuando cambiamos el eje del análisis y observamos la consecuencia que causa, nos encontramos con la conmocionante y penosa cifra de miles de personas muertas en rutas y calles. Familiares, amigos y desconocidos día a día, se suman a este listado triste e injusto, ya que muchos fallecimientos son causados por la inadaptación social e impericia psicológica y técnica de quienes conducían. 

Tras éstos comportamientos explícitos y visibles, subyacen los factores psicológicos y culturales, que anidan en la singularidad de los sujetos, y que hemos agrupados en la categoría de escasa o nula consideración del otro. En otra época, era común llamar a este estado, falta de respeto (lo sigue siendo).

Esencialmente el respeto es un valor que implica mucho en nuestras vidas, ya que es la vía hacia la libertad de expresión, compartir opiniones, escuchar y entender a los demás. Nos ha permitido evolucionar al intercambiar ideas, mantener discusiones constructivas y favorecer el debate y la reflexión.

El respeto nos hace ser más humildes para enriquecernos de todas las experiencias y poder seguir incorporando aprendizajes valiosos.

Dada la complejidad de las personas y con tantas diferencias, es inevitable que choquemos entre nosotros. Cuando estas diferencias promueven conflictos, ¿dónde ubicamos el problema?, ¿en esas diferencias? o más bien ¿en cómo toleramos y mostramos esas diferencias? El respeto aquí tiene su mayor protagonismo. Cuando el respeto falta en estas ocasiones, surgen más conflictos y falta de humanidad. 

Es importante reconocer que el respeto no es algo que se exige. Sino que a partir del propio respeto, se gana el de los demás.

Finalmente en un fragmento de “El Libro de los Secretos” de Osho, profesor de filosofía y líder spiritual indio, fallecido en 1990, alude a la relación entre las personas y dice “...nos comportamos con los demás como si fueran cosas, no personas. Así nos relacionamos con las personas como con las cosas. Una persona significa libertad, no puede ser poseí- da. Es un ser consciente, libre y tan valioso como tú, si así lo tratas, poco a poco empezarás a sentirla…”

Incluir al otro en la esfera afectiva, les otorga sentido, consideración, respeto y valoración. De esta manera, se lo inviste con las mismas condiciones conceptuales y emocionales que todos portamos. En definitiva lo tratamos como seguramente deseamos ser tratados.

LIC. MARIO SARLI - PSICÓLOGO

PSICOSARLI@GMAIL.COM


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