Opinión

10 de Julio de 2018 - Nota vista 904 veces

Verdaderamente su origen es fascinante

Se trata de un tema musical magnífico y muy pero muy caro al sentir de los argentinos. Es nada más y nada menos que la “Misa Criolla” cuyo buen gusto y admiración parecen aumentar por estos días de fiesta patria.

Oirla nos cala hondo. Su autor, Ariel Ramírez, fallecido hace no tantos años en nuestro país, tuvo una vida rica, destacadísima en muchos matices.

Pianista y compositor argentino, de notable reconocimiento universal, nació en la ciudad de Santa Fe, el 4 de septiembre de 1921, convirtiéndose con los años en distinguido músico y maestro de escuela, título que lo enorgullecía poseer. El estudio académico de la música lo realizó en el Conservatorio Nacional.

Varios son los artistas a quienes conoció y admiró mucho y que gravitaron enormemente en sus creaciones. Entre ellos figura Atahualpa Yupanqui, quien lo motivó para conocer el noroeste argentino viajando entonces intensamente por Tucumán, Salta y Jujuy, radicándose largo tiempo en Humahuaca. También la región de Cuyo lo tuvo de habitante, principalmente Mendoza. Puede decirse que hacia 1943 comenzó con fuerza su actuación como solista de piano en Buenos Aires en conciertos y filmaciones, como también en ciclos de emisiones radiales de arte nacional, iniciando por 1946, de modo sobresaliente, la grabación de sus obras “La tristecita”, “Purmamarca” y “Malambo”, con singular éxito. Sus creaciones pronto se popularizaron en el territorio argentino y en los países vecinos.

Consagrado ya, paseó la exquisitez de su música por importantes ciudades europeas, siendo siempre ovacionado por el público. No puede dejar de recordarse que su carrera internacional continuó ininterrumpidamente, llevando su arte a países americanos como Brasil, Ecuador, Colombia, Venezuela, México y Uruguay, siendo precisamente en Mercedes donde se realizó la primera audición de la “Misa Criolla” el 20 de diciembre de 1965 en un espectáculo organizado por la Peña “Lazo y Estribo”.

Ahondó la producción e interpretación de las más exquisitas composiciones de tres de las más representativas especies de la música argentina, que son: la Zamba, el Vals criollo y el Tango. Integró exitosos elencos con notables artistas, tal es el caso de Eduardo Falú, “Los Fronterizos”, el conjunto “Ritmus”, Jaime Torres, León Jacobson, Lolita Torres y Mercedes Sosa. Incursionó también en la cinematografía al producir bandas sonoras para algunas películas con destacados directores argentinos.

1964 es un hito especialmente significativo en su trayecto puesto que para la Navidad de ese año dio a conocer la “Misa Criolla”, con la cual se abre uno de los períodos más brillantes en su labor creativa, jalonado de obras de reconocido mérito como “Navidad nuestra”, “Los caudillos”, “Mujeres argentinas” y “Cantata Sudamericana”. Fue en 1967 que emprendió la primera gira de su obra “Misa Criolla” por el continente europeo con el elenco original.

En 1981, con el estreno de su nueva obra coral “Misa por la paz y la justicia”, Ariel Ramírez renueva su profundo mensaje de amor y paz contando con la participación de notables artistas. Al igual que en su anterior obra religiosa estuvo guiado en los fundamentos teológicos por el Presbítero Osvaldo Catena, su entrañable amigo desde los años juveniles en Santa Fe.

  Se señala que, particularmente en el exterior, la “Misa Criolla” fue aclamada en Israel, Japón, Polonia, Inglaterra y España. Siempre a sala llena.

Respecto puntualmente de la “Misa Criolla” y sus orígenes, cabe destacar que mientras estuvo en Roma, conoció Ariel Ramírez al Padre Antuña, un estudioso prelado argentino, quien le presentó al Padre Wenceslao van Lun, un holandés con el que se entendían en un italiano básico, pero eficaz y hasta divertido.

Fue van Lun el que lo llevó a Holanda y desde allí lo recomendó a un convento en Wurzburg, una pequeña y hermosa localidad a unos 100 kilómetros de Franckfurt. Todos los seminaristas hablaban alemán salvo sos monjitas que estaban a cargo de la cocina y a quienes el padre van Lun les presentó para ayudar a comunicarse porque suponía que entendían español. La realidad era que las hermanas Elizabeth y Regina Bruckner habían vivido en Portugal y entendían algo de español, lo cual fue una gran ayuda para Ariel Ramírez, quien empezó a comer con ellas directamente en la mesa de trabajo de la cocina. A menudo desde la ventana de la cocina contemplaba y disfrutaba del maravilloso paisaje semiboscoso con una enorme casona, poblado de magníficas atracciones que ponían exultante el espíritu de Ramírez. Pero ellas no compartían ese entusiasmo porque no podían olvidar que esa casona y las tierras más distantes habían sido parte de un campo de concentración donde hubo alrededor de mil judíos prisioneros.

Las monjitas le contaron que desde la distancia podían imaginar el horror y el miedo. Sólo en voz muy baja llevaban noticias acerca del frío y del hambre. Una estricta regla castigaba con la horca, sin más trámite, a cualquiera que ayudara o simplemente tomara contacto con aquellos que esperaban su trágico destino.

Pero Elizabeth y Regina habían elegido la misericordia y habían sido formadas para el valor, de modo que, noche tras noche, empaquetaban cuántos restos de comida podían y se acercaban sigilosamente al campo para dejar su ayuda en un hueco debajo del alambrado.

Durante ocho meses ese paquete desapareció cada día. Hasta que un día nadie retiró el paquete y tampoco los siguientes que se fueron acumulando. La casa estaba vacía y los rumores difundieron la noticia acerca del traslado de los prisioneros. El temido viaje se había iniciado una vez más.

Al finalizar el relato de sus queridas protectoras,

Ariel Ramírez sintió que tenía que escribir una obra, algo profundo, religioso, que honrara la vida, que involucrara a las personas más allá de sus creencias, de su raza, de su color u origen.

Que se refiriera al hombre, a su dignidad, al valor, a la libertad, al respeto del hombre relacionado a Dios, como su Creador.

Y así llegamos a “la punta del ovillo” que sirvió para plasmar en una obra musical exquisita, la profundidad del amor y lo valioso de ese sentimiento.

Una expresión del espíritu que cubre de gloria a un artista sobresaliente como fue Ariel Ramírez. Una verdadera joya musical que brilla en el mundo entero como lo es la “Misa Criolla”.

María Rosario Echeverría