Ciencia

5 de Marzo de 2018 - Nota vista 1045 veces

Los secretos de la momificación egipcia: el mineral «mágico» que evitaba que la carne se pudriera

Si con el Imperio Nuevo se alcanzó casi la perfección, a partir de la Dinastía XXI la técnica de momificación entró en decadencia. La costumbre de maquillar a las momias fue lo primero que se abandonó, seguido de la introducción de las vísceras en los vasos canopos.

Los egipcios creían esencial conservar intacto el cuerpo del difunto para que, en el Más Allá, pudiera disfrutar de la vida con los dioses. La momificación y la sepultura en estructuras monumentales formaban parte de este proceso, cuya esencia científica era el empleo de natrón para deshidratar la carne antes de colocar las vendas. Los antiguos egipcios demostraron con sus técnicas que sabían bien lo que se traían entre manos y lograron, aunque no como habían imaginado, que muchos faraones vivieran miles de años tras su muerte.

Los egipcios creían que una vez la persona fallecía se iniciaba un proceso por el cual el individuo era separado de los elementos que lo constituían como ser humano: el nombre, la sombra, el cuerpo, el ka (el espíritu) y el ba (la personalidad). Para evitar que estas «energías» se dispersaran sin remedio, era necesario realizar una serie de rituales funerarios que giraban en torno al proceso de momificación.

Lo primero era salvar el cuerpo, de modo que se interrumpiera la descomposición. Durante el Imperio Nuevo se estableció la perfección en estos rituales e incluso se unificaron los pasos. En el caso del faraón lo primero era lavar su cuerpo en el seh-netjer, la «cabina divina», y luego trasladarlo al per nefer.

En este taller de embalsamadores se extraía el cerebro a través de un orificio en el hueso etmoides de la nariz, si bien hasta el periodo del Imperio Antiguo los embalsamadores dejaban este órgano en el cráneo. Los antiguos egipcios daban una importancia mínima al cerebro, considerando que era en el corazón donde estaba la inteligencia y la razón.

El proceso de evisceración continuaba, bajo la orquesta del «Jefe de los Secretos», un sacerdote enfundado en una máscara del dios Anubis, con una incisión lateral en el abdomen del cadáver. Desde este punto se extraían los intestinos, el estómago y el hígado. Luego se realizaba un corte en el diafragma por el que se sacaban los pulmones. Al final del proceso solo el corazón, sede de la sabiduría, permanecía en su sitio. El resto de órganos, una vez eran deshidratados, se introducía por separado en recipientes que recibían distintos nombres.

El natrón, la sustancia mágica

Tras la evisceración se procedía a otro lavado del cuerpo, esta vez con agua y vino de palma. Aquí se fundamentaba la clave para que la momificación tuviera éxito: el uso de natrón para absorber la humedad. Esta «sal divina» era muy abundante en la zona de Uadi, en Egipto y permitía a los egipcios conservar la carne bajo el mismo principio del proceso de «salazón» del pescado. Sin líquido, sin bacterias... la putrefacción se detenía. La momia era completamente cubierta con la sal entre 40 y 70 días.

Una vez se había convertido en carne sin líquido se rellenaban los orificios auditivos y nasales, al tiempo que se embellecía la momia con pelucas, adornos y joyas. Un dato curioso es que habitualmente se moldeaban los genitales de ambos sexos. El resto del proceso estético pasaba por verter resina líquida, con el objeto de impermeabilizar el cadáver y aromatizarlo con aceites.

Herodoto, que visitó Egipto en el año 500 a.C., se sintió fascinado por la momificación egipcia, pero señaló que para las clases pobres el proceso era mucho más básico: «Se limpiaban los intestinos con una lavativa y se ponía natrón en el cadáver durante 60 días, hecho lo cual es entregado a los deudos que vayan a recogerlo».

La última fase era vendar el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, deteniéndose en los dedos de la mano de forma meticulosa. El entierro, que contaba con tantas fases como el propio embalsamamiento, vivía su momento más trascendental con el ritual de la apertura de la boca, los oídos y la nariz para devolver los sentidos al faraón. Así podría alimentarse y respirar en el Más Allá.

La llegada de una dinastía procedente de Macedonia al trono, los ptolomeos, unidos a la influencia griega y luego romana sumieron en un progresivo declive a la religión de los antiguos egipcios

Si con el Imperio Nuevo se alcanzó casi la perfección, a partir de la Dinastía XXI la técnica de momificación entró en decadencia. La costumbre de maquillar a las momias fue lo primero que se abandonó, seguido de la introducción de las vísceras en los vasos canopos y del minucioso vendado. Al contrario, se empezaron a situar encima de los muslos las vísceras.

                                                                                                                                                                         La llegada de una dinastía procedente de Macedonia al trono, los ptolomeos, unidos a la influencia griega y luego romana sumieron en un progresivo declive a la religión de los antiguos egipcios. A medida que el antiguo reino se debilitaba, los templos oficiales cayeron en decadencia y sin su influencia centralizante la práctica religiosa se volvió fragmentada y local. Al tiempo que se propagaba el cristianismo por Egipto, en el tercer y cuarto siglo d. C., la religión milenaria y sus costumbres fueron desvaneciéndose hasta morir.