Opinión

28 de Febrero de 2018 - Nota vista 1487 veces

LA MUJER EN EL TANGO

Nadie puede negar la enorme influencia que tuvo siempre la mujer en cuanta faceta de la vida humana pueda imaginarse. Ahora, en el inicio de marzo, mes tan caro al sentir femenino, me permito hacer referencia a dos mujeres que marcaron a fuego el tema central de dos tangos enclavados ayer, hoy y seguramente siempre, en el gusto de los amantes del 2 x 4. Me refiero a Gricel y Malena.

Susana Gricel Nogaró vivía en Córdoba y durante un viaje que hizo a Buenos Aires para visitar a su amiga la cantante Nelly Omar, conoció a Contursi, casado y con un hijo. Sólo compartieron unas horas, pero eso bastó para conmover a Gricel. Dicen que volvió a su provincia muy enamorada. En 1938 Contursi debe viajar a Córdoba, cuyo aire, en aquellos días “curaba todos los males” y decide visitar a Gricel. Ella no deja pasar la oportunidad, despliega toda su artillería y le roba más que un beso. 

En el momento de la despedida esta le dice algo, un suspiro al oído: “No te olvides de mí”, que después él repite de “Mi”. Luego Contursi regresa a Buenos Aires y desvelado por ese amor escribe algunos tangos, entre ellos “Gricel”.

También se entrega, mansamente, a una nueva actividad o sea se toma hasta el último sorbo de todas las copas que tiene a su vista.

En 1962 la canción ya era popular: ellos seguían separados, pero sucede algo inesperado: Contursi enviuda. Al enterarse Gricel, sale con premura a Buenos Aires en busca de su hombre. Lo encuentra en la Confitería “El Molino”, se lo lleva a Capilla del Monte y levantando un puñal contra el destino, le advierte: “Vos venís, pero el whisky no”. Aunque sellan matrimonio, el poeta muere de cirrosis a los pocos años. A Gricel el tema la condenó ya que no pasó un día en que un despitado o un turista arrabalero le recordara la sombra dolorosa de ese amor.

Respecto a Malena, el maestro Osvaldo Pugliese afirmaba: “Es verdad que Malena canta el tango como ninguna”. Personalmente él lo había comprobado cuando la acompañó al piano en un viejo sexteto. Después de su girar por Centroamérica, Homero Manzi volvía a Buenos Aires. Estaba haciendo escala en Puerto Alegre cuando decidió junto a su conjunto tomarse un respiro en un bar donde cantaba tangos una argentina.

Era una santafesina llamada María Elena Tortonello, mejor dicho, Malena Tortonello, para el escaso público que asistía a sus shows, Malena a secas, para la eternidad.

A Homero le lloró el alma cuando la escuchó cantar -a Pugliese al oído- y como quien saca un revólver, desenfundó una lapicera, pidió una servilleta y garabateó unas líneas memorables. Le pasó luego el papel al pianista Lucio Demare diciéndole: “Ponele música”, Demare asintió con la cabeza y sin mirar lo guardó en un bolsillo del saco.

De vuelta a Buenos Aires, nadie se acordaba de aquella noche de juerga en Brasil y menos de los versos. Hasta que una iluminación se apoderó del pianista Demare, quien tuvo la feliz ocurrencia antes de salir de su casa, de husmear en el placard y ponerse una vieja prenda.

Iba manejando por Palermo cuando su auto se descompuso. Entró en el bar “El Guindado” y mientras esperaba la grúa, encontró el papel de Manzi.

Antes que le reparasen el auto ya tenía la melodía terminada. Algunos dicen que mucho tiempo después María Elena Tortonello cantaba ese tango en su repertorio y sostiene Héctor Benedetti “sin siquiera sospechar que la canción hablaba de ella”.

Un día alguien le contó la verdad y en ese mismo momento, cuentan que Malena dejó de cantarla para siempre.

¡Cuánto para informarse acerca de nuestro tango, hermosísimo él y que tiene tanto que ver con la mujer!

María Rosario Echeverría