Opinión

20 de Febrero de 2018 - Nota vista 926 veces

Cuando de ancianos se trata

Toco el timbre, espero me abran las enfermeras y puedo ver la puerta que me transporta a donde están los añosos cuerpos de las ancianas. Un patio antiguo, con cuerpos antiguos.

A la derecha en silla de ruedas, “la ponen” (usan ese término ya que no puede hacerlo por su cuenta) a Martina, una anciana que tiene ochenta y ya no importa cuántos años. Por su propia seguridad la deben atar a su silla, con una chaqueta especial. Su día transcurre allí y curiosamente repite incesantemente esta frase: “¿Cuándo viene china, para que la lleve a la casa?”.

Amaneceres, familiares de otras abuelas, controles médicos, enfermeras, desayuno, almuerzo, merienda y cena, fiestas de cumpleaños, abuelas que se van y otras que vienen, pero ella apenas nota que se encuentra viva, o peor aún no lo sabe. Su corazón, late aletargado, pero todavía lo hace. Está viva, porque todavía se la escucha decir que espera a china, para que la lleve a su casa.

Me pregunto, cuántas veces repite la frase por día. ¿Mil veces, o menos? puede ser mucho más también. Sería imposible contarlas o en verdad, nada razonable. ¿Cuántas veces desea Martina volver a su casa? ¿Quién será “China”, y la famosa casa? ¿Cuál habrá sido su historia?, esa historia que está apagada, porque su cerebro no quiere ya conectarse para recordar.

Nunca sabré, porque hace años, nadie la visita. Sin embargo y sin recuerdos presentes, sufre. Sufre, porque china no la lleva a su casa. El martirio es enorme, traspasa su rigidez corporal, la desesperación, agotamiento y tristeza. Todo se exhibe en la posición de su cuerpo, la expresión de su rostro, sus brazos contraídos. El único recurso que aquella viejecita, posee para expresar cualquier cosa que necesite es, decir: –“¿cuándo viene china, para que me lleve a la casa?”.

Ivana Guinda