Opinión

14 de Febrero de 2018 - Nota vista 795 veces

Espejos de Colores

Relámpagos y truenos son la melodía histriónica del sábado, 19 de septiembre del 2015 a las 23.40hs, cuando una joven sale del teatro por Av. Corrientes y se embadurna la cara cuando intenta limpiarla con el puño de su campera. 

La bailarina, transita apurada y en medio de lágrimas esquiva a los transeúntes, a los que la rutina urbana los arroja como retazos desgastados por el frenético andar de la metrópoli. Nunca supieron que ella pasaba por allí, ni lo sabrán, solo luchan para llegar a sus hogares, porque “tal vez” consigan vivir las pocas horas que restan hasta el siguiente comenzar. 

Y ahora me toca a mí; ¡acá!, sí, arriba. ¿Me ves soy yo? , en el segundo piso departamento “C”. Hace 15 minutos llego de trabajar,  con el whisky en la mano miro por el balcón.  

La chica salió del teatro, está apesadumbrada y llorando, puedo sentirlo tan cerca que cuando pasa bajo mí balcón, llega hasta mi nariz el aroma de su adrenalina y el calor de su sangre hirviendo de sensaciones. Comienza a apresurar su andar. Es una de las tantas bailarinas del elenco de esa obra… (No me viene el nombre, pero ya saben a la que me refiero). Me resulta evidente que su angustia es porque teme que él (su prometido) no se entere de su infidelidad (o eso quiero imaginar esta vez). 

Repentinamente pasa Matías (chofer del colectivo 29) quien conduce a altas velocidades los sábados; cuando generalmente se pelea con “la señora del bastón”. A las 23:45 minutos, más o menos, desquita su frustrado enojo con el acelerador (esto no es mi simple percepción, he comprobado que así es). 

Al observar justo en la esquina de mi hogar, Romina (la bailarina) cae sobre uno de los tantos charcos que formó la lluvia torrencial. Sin embargo, el chofer nunca se enterará que casi la atropella. 

La infortunada joven queda por un largo rato tirada en el piso, mojándose y pensativa. Es muy claro que en ese momento comienza a arrepentirse de haber engañado a su prometido (me gusta adivinar las historias). 

Luego de incorporar su “bella silueta” continúa el camino… 

Perdón, me retracto, para mi sorpresa hace todo lo contrario. Se queda ahí como estatua su mirada está perdida, mojándose y con frío, hasta que por fin rompe en un penoso llanto. Confieso que me estremece verla, pero al fin y al cabo solo soy un simple espectador. 

Evidentemente su desbarajuste mental es mayúsculo. Ella abstraída, no puede percibir que un hombre de camisa verde y pantalón de gabardina se le acerca, y una vez a sus espaldas la arrincona mientras simula ser un conocido. Él muy tranquilo, prende un cigarrillo y en medio de falsas risas la somete a su voluntad. En una maniobra veloz, aunque aterrorizada, la joven mete de un sopetón la mano en la cartera con la esperanza de hallar algún elemento de defensa, entretanto pretende escurrirse por la derecha para seguir avanzando, pero le resulta imposible, puesto que “el hombre” obstruye su paso mientras siniestramente la dirige hacia un pequeño recoveco. Un espacio olvidado, como tantos otros de la ciudad. La manosea sumido en un gran placer y se estremece desde lo más profundo de sus “negras entrañas malolientes”. Ahora, la empuja hacia las sombras. 

Desde mi balcón me paralizo, mirando lo que sucede. Quiero ayudarla, juro que fervorosamente lo haría. Es más, por mi mente pasan imágenes en las que salgo a la calle, empujo al hombre y pido auxilio a los gritos. Imagino diversas situaciones de cómo podría intervenir. Pero (…) soy un simple espectador (repito en mis adentros). 

Al igual que en las películas cuando intentamos solo con el deseo desviar el curso de la historia y al ser imposible, en un instante seguimos mirando lo que sucede. 

Pero dejo de mirar, entro y me sirvo otra medida. Doy unas vueltas por el departamento. Me vuelvo a asomar. Esta vez escondiéndome por precaución, para mí sorpresa no veo nada; la chica y “el hombre” ya no están o no los puedo ver. (Tal vez se escapó, se me ocurre). Un pensamiento muy conveniente para aliviar mi culpa. En unos minutos, estoy completamente convencido de que ella pudo escapar. Por lo tanto, prendo la televisión, me tiro en el sofá y cambio los canales sin mirarlos. _“Pide ayuda”_ dice mi voz interna sin dejarme en paz. Tomo el teléfono y marco 9-1-1, siento la profunda culpa (nueve... uno.. uno). Son solo tres números, me repito, con tono de castigo. En un estado de exaltación insoportable, repaso mentalmente la explicación que voy a dar cuando alguien conteste ese tubo. 

De pronto mi esposa sonrientemente cruza por la puerta, tira las llaves y la cartera a la mesa del living. Marcos, nuestro hijo, llega corriendo con un camión de juguete en sus pequeñas manos. Sigo escuchando el tuup… (tono del llamado) cuando de repente mi hijo me mira a los ojos y me dice: ¡hola papá!

Y por “quien sabe qué cosa” cuelgo el teléfono, voy al encuentro, los abrazo sintiendo ese contacto acogedor, pleno, puro y confortable. 

Este sábado, entre truenos y fuertes vientos, se escucharon gritos desgargantes que no tuvieron oídos. Nuevamente un escenario de espejos de colores y danzas macabras de un psicópata, oscurecen un cielo por siempre. 


Ivana Guinda


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