Opinión

6 de Febrero de 2018 - Nota vista 621 veces

Lo simple de la felicidad

Acomodando papeles en una de estas tardes de muy elevada temperatura, como “tímido”, pero marcando con firmeza su presencia, dobladito, apareció ante mí un prolijo papel conteniendo un artículo que, porque me gustó mucho y entiendo es de actualidad, quiero dejar en estas páginas. Leí en él:

“Cerca de Concepción del Uruguay y a unos quince kilómetros de la ruta, se levanta el ranchito de don Casimiro. Una maravillosa soledad que por ratos invaden sonidos magníficos y distintos.

Trinos de aves, rumor del arroyo, bandadas de patos que están diciendo que habrá agua pronto.

Lo demás, tan solo inmensidad. Un cielo donde el quemante sol del verano obliga a matear bajo los árboles. Noches donde habitan estrellas que nunca pasean por las grandes ciudades.

A quienes no estamos acostumbrados a tanta lentitud y tanto silencio, se vuelve molesto. Horas y horas ante el vastísimo panorama y en pocas ocasiones alguna polvareda que anuncia visita, o un tropear que casi agonizó en los campos argentinos.

Junto a dos amigos con los que cada tanto nos escapamos de visita a casa de don Casimiro, en el regreso comentamos su paz y felicidad.

Muchas veces le preguntamos por qué se sentía un ser tan feliz.

Y nos repite como en un sonsonete que allí lo tiene todo: agua fresca, lluvias benditas, soles fuertes, algún trozo de asado para tirar sobre una parrilla enclenque y el mate pausado y espacioso de su soledad.

A pesar que lo admiramos, siempre buscamos en sus ojos un dejo triste, algo que denote resignación o impotencia.

Porque se nos hace absurdo un lugar sin rutas, teléfono o luz eléctrica.

Porque entendemos como marginación ese espacio sin computadoras, lucha continua, ruidos y televisión. Porque juramos que ese lugar puede servir tan solo como una pausa. Para tomar aire y fuerzas, pero de ninguna manera para vivir lejos de todos y de todo.

No podemos convencernos que un rancho humilde, donde casi está lo necesario y faltan muchas cosas a las que nos acostumbramos, pueda ser una razón para sentirse feliz. Sin los demás, sin las luces, las bocinas y las noticias que nos sacuden y nos informan.

¿Por qué nuestra felicidad no es como la que dice tener don Casimiro?

¿Cómo es posible que sea tan fácil si vivimos en su continua búsqueda y tan solo la acariciamos por minutos en la vida?

Tal vez la razón la he encontrado en la definición que un famoso psiquiatra expresara en un Congreso llevado a cabo en Buenos Aires. El profesional dijo “... No somos felices porque estamos dirigidos por un deseo sin fin. Al querer siempre algo más, el hombre nunca accede a la felicidad”.

Don Casimiro no sabe de los miles de inventos y las miles de expectativas tras la que corremos desesperadamente. Él detuvo el tiempo. Tiene todo lo que necesita. El rancho, la soledad, el mate a la sombra y el asado sobre la parrilla enclenque. Eso le basta para poseer algo que nosotros no lograremos nunca”.

Puede tomarse como demasiado “quedado en el tiempo” este contenido, pero, de todos modos sea cual sea su visión al respecto, amigo lector/a, creo no está de más tomarlo en consideración. Pienso es una pena que nos hayamos alejado tanto hoy de lo sencillo, de lo simple, de lo innecesario y quizás, hasta nos encontremos inmersos en las filas de una soberbia y un consumismo inútiles. Insaciables casi. Y petulantes a veces...


María Rosario Echeverría

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