Opinión

5 de Febrero de 2018 - Nota vista 579 veces

SU MAJESTAD EL ROMANTICISMO

Y sí, cada mes del calendario tiene “lo suyo”. Febrero no escapa a tal cosa.
Federico Chopin - Gustavo Adolfo Becquer

Quizá uno de los puntos que lo distinguen es que es “cortito”, no llega a sumar 30 ni 31 días. Además, encierra encanto, atracción, preferencia entre muchos seres humanos, seducción que está ligada a modo especial al carnaval con su jolgorio, sus brillos, sus impactantes desfiles de comparsas, de murgas configurando gran deleite para jóvenes, no tan jóvenes y niños. Y en nuestra hermosísima zona litoral, está vinculado a la realización magnífica de variadas fiestas y festivales, nacionales o no, pero al fin y al cabo, todos exitosos y ponderables.

Asimismo hay un detalle que lo perfila como un mes distinguido, especial. Encierra en su haber nada menos que el “día de los enamorados”, el 14, día de San Valentín. Creo es un mes que “nos llega” hondo a todos porque me resulta muy difícil pensar que cada uno de nosotros, aunque sea fugazmente, no estuvo alguna vez -o está- enamorado, de allí entonces que febrero nos gusta mucho porque nos trae a la memoria vivencias que se hicieron inolvidables y que acariciamos dulcemente porque se refieren con precisión a ese sentimiento tan noble y puro entre el hombre y la mujer que no es otro que el amor, ese que nos mueve a repetir: “es sabido que aunque no responda científicamente a la verdad, el corazón ha sido considerado el órgano que origina los sentimientos, sobre todo el del amor”.

¿Cómo no recordar también que febrero vio nacer a dos grandes románticos de todos los tiempos? Uno, Gustavo Adolfo Bécquer. El otro, Federico Chopin.

Y creo vale traerlos a nuestro recuerdo mientras transitamos febrero.

Nació Bécquer en Sevilla el 17 de febrero de 1836 y murió en Madrid, en 1870. Su verdadero nombre era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida. Nacido quinto entre ocho hermanos, falleció su padre cuando contaba solo 5 años. A partir de allí su madre se entregó con admirable dedicación a la dura tarea de bien educar a sus vástagos. De notable pluma nos legó un centenar de “Rimas”, varias “Cartas desde mi celda” y una larga serie de leyendas como “El monte de la ánimas” y “El miserere” en muy bonita prosa poética. Incursionó en el periodismo, pero con relativo éxito.

Su vida amorosa fue plena de romances, que duraban poco, pero que tenían intensidad romántica, los cuales daban cuerpo a poemas y dibujos con que solía halagar a sus amadas. Se casó, tuvo tres hijos varones, pero no encontró en el matrimonio una auténtica y firme felicidad. Durante su existencia tan solo llegó a ver publicados quince poemas y fueron sus amigos quienes sacaron a la luz su obra después de un año de su muerte. Las “Rimas” de una intimidad conmovedora, son quienes le han dado brillante fama demostrando particularmente la exquisita sensibilidad de quien fuera considerado el poeta más representativo del Romanticismo español.

Respecto a Federico Chopin, reconocido por su vida y su obra como la encarnación del espíritu romántico del siglo XIX, nació en Zelazowa-Wola, cerca de la capital polaca, Varsovia, el 22 de febrero de 1810 y falleció en París el 17 de octubre de 1849. Ya a los 9 años era admirado como pianista siendo su virtuosismo solo comparable en su época al de húngaro Franz Liszt y también aplaudido prontamente por su delicadeza, genuinamente romántica. En 1831 se trasladó a París, donde frecuentó círculos aristocráticos, musicales y de polacos nacionalistas emigrados.

El conjunto de su obra pianística comprende 55 mazurkas y 13 polonesas, influidas por la música popular polaca; 27 estudios, que traspasaron su inicial finalidad pedagógica para convertirse en auténticas joyas del arte musical, 24 preludios, con geniales improvisaciones; 19 nocturnos, baladas, impromptus, valses y scherzos así como dos conciertos para piano, sus únicas composiciones orquestales.

Su vida amorosa fue intensa destacándose su romance con la escritora George Sand, seudónimo de Aurore Dupin, con la que vivió una apasionante relación en la cartuja mallorquina de Valldemosa.

Encontrándose enfermo de tuberculosis, regresó más tarde a Francia, registrando su vida momentos alternativos de actividad fecunda y singular postración, resintiéndose entonces su inspiración musical y reduciéndose sus actuaciones en público.

Así en un rápido pantallazo, de su existir, puede decirse que la de Bécquer y Chopin fueron vidas breves, de dos grandes expresiones del arte, de dos brillantes románticos íntimamente ligados al mes de febrero por su nacimiento, que nos mueven a la ponderación mientras disfrutamos de su obra.


María Rosario Echeverría

  • TEMAS DE LA NOTA: