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27 de Enero de 2018 - Nota vista 226 veces

Vaciarse para recibir lo nuevo

Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés, y lo sucedido con un profesor universitario que fue a visitarlo, intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro. Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje que había brillado en la Corte.

El prestigioso profesor se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad.

Ese día, cuando llegó, saludó al Maestro y sin más preámbulos, le preguntó por el Zen, cuándo había empezado, cuáles eran sus principios básicos y su práctica, aunque no pudo evitar dejar constancia de su condición de erudito, sus títulos, logros académicos, opinando sobre los jóvenes, las prácticas orientales, el futuro y todo tema que tuvo la oportunidad.

Nan-in lo miraba y escuchaba atentamente. En un momento de la visita le ofreció tomar una taza de té, a la cual el profesor aceptó sin moverse de su postura elocuente, aprovechando incluso para hacer un breve discurso sobre las bondades del té, sus distintas clases, métodos de cultivo y comercialización en la zona.

Cuando la humeante tetera llegó a la mesa, el sabio comenzó a servir el té sobre la taza de su invitado. A los pocos segundos la taza comenzó a rebosar, aunque el Maestro continuaba, con mucha calma, vertiendo el té, derramándose ya el líquido sobre la mesa.

- ¿Qué haces insensato? – exclamó el profesor, interrumpiendo su propio discurso - ¿No ves que la taza ya está llena y no cabe una gota más?

- Ilustro lo que observo – contestó el sabio sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa – Tú, al igual que la taza, estás lleno de tus opiniones, creencias, suposiciones, conocimientos y discursos… ¿Cómo podría enseñarte el camino del Zen si primero no vacías tu propia taza?

Sin palabras, el profesor se levantó y con una mera inclinación de cabeza se despidió del noble Maestro.

EL VACIO

Este conocido cuento Zen, nos recuerda que así como la taza de té, necesitamos aprender a vaciarnos para recibir lo nuevo, para explorar y crecer. Vaciarnos significa tener humildad y apertura, que no es otra cosa que evitar juzgar y pre-juzgar. Para ello hoy es necesario callar el ego que nos coloca en el centro de escena, que nos lleva a hablar de nosotros mismos, de nuestro mundo, a emitir opiniones como si fueran absolutas verdades y a imponer nuestra propia razón. El desafío es frenar la mente, esa catarata de incesantes pensamientos basados en las propias creencias que nos conducen automáticamente a emitir juicios y prejuicios sobre todo y todos; y poder adoptar una actitud atenta, de escucha activa, de calma interior, sin juicios, de silencio y apertura hacia lo que el otro, el mundo o la vida tienen para ofrecernos.

Dicen que hay que morir para renacer, hay que vaciarse para poder llenarse de lo nuevo, para poder “recibir” los tesoros que nos esperan. Una taza, dice Krishnamurti, cumple su función cuando está vacía; no sirve una taza llena, no hay nada que se pueda agregar en ella. Mantener la taza siempre llena significa, además, que no sabemos “dar”, porque al aferrarnos a nuestras opiniones y conocimientos, a nuestras pertenencias, a nuestra identidad, al estatus, al trabajo, al dinero, a las personas que nos rodean, ni siquiera podemos dar, porque dar significa haber aprendido a vaciar la taza, soltar y desapegarnos.

Para crecer resulta indispensable admitir el vacío, deshacernos del contenido de la taza para poder llenarla otra vez. Nuestra vida se enriquece cada vez que vaciamos la taza y cada vez que la volvemos a llenar con nuevas experiencias, diferentes conocimientos y oportunidades.

LA ACTITUD DEL APRENDIZ

Para lograr vaciarnos es indispensable la actitud del aprendiz, volver a sentirnos aquellos niños que escuchábamos atentos a nuestros padres, maestros, amigos con admiración y con ganas de saber más; es sentirnos frescos, ligeros, curiosos y con entusiasmo para conectarnos con las maravillas del Universo que nos rodea.

La actitud del “aprendiz” parte de la habilidad de decir “no sé” y de la curiosidad por saber más, por explorar y expandirnos. Al contrario, la actitud del “sabelotodo” parte de la “certeza”, por eso presume su perfección, cultura y conocimientos, y se vanagloria ante los demás de lo que es y de lo que hace, sintiéndose mejor y superior al resto, cerrando definitivamente las puertas al aprendizaje. El “sabelotodo” está tan lleno de sí mismo que no sabe dar, no puede vaciarse, soltar, abrirse, sorprenderse y enriquecerse con lo nuevo que el mundo tiene para ofrecerle.

LA HUMILDAD

La actitud central del “aprendiz” es la “humildad”, el ser capaz de aceptar el “no sé”, vaciarse de sí mismo y abrirse a recibir la sabiduría del Maestro. En cambio, lo que caracteriza al “sabelotodo” es la arrogancia y la falta de modestia, ya que considera, precisamente que lo sabe todo. La humildad es reconocer lo que somos, con nuestros talentos y a la vez como seres incompletos en el camino de la perfección, que tenemos nuestra mirada y que es solo eso, una versión de la realidad y no la verdad misma. La verdadera grandeza está en ser eternos aprendices, capaces de crecer y desarrollarnos en forma permanente. La humildad nos enriquece, nos acerca al otro y a lo que nos rodea, sin juicios, viviendo en el amor y el respeto a todo lo que existe.


María Inés Francisconi

Desarrollo Humano

Abogada Mediadora

Coach Ontológico

Contacto: ine.francisconi@gmail.com