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27 de Enero de 2018 - Nota vista 148 veces

Hay gente buena. Y es mucha

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Ante la presencia en los diarios y en los noticieros (a veces con insistencia) de personas que hacen daño al prójimo, a la creación, y a sí mismos, se nos puede pasar por alto tanta generosidad en muchos más.

El otro día escuchaba a un sacerdote que predicaba “hace más ruido un árbol que cae en el bosque, que los miles que van creciendo en ese mismo momento”.

Hay gente buena a nivel personal, sin destacarse ni brillar. Las mamás que educan a sus hijos, les tratan con ternura, les enseñan a decir la verdad… Los abuelos y abuelas que cuidan a sus nietos. Vecinos que se ayudan y acompañan. Enfermos que son asistidos por sus familiares y amigos.

Gente que en medio de un clima egoísta e individualista mira más allá del metro cuadrado que ocupa. Me podrán decir que cada vez son menos. Es probable. Pero si no los destacamos se nos pierden los buenos ejemplos que arrastran y conmueven, interpelan y cuestionan la tibieza imperante.

También hay gente que se organiza para hacer el bien. Desde los movimientos sociales, las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas…

Quisiera destacar a los grupos misioneros que durante el verano se multiplican por todo el País. Entre sus miembros hay algunos adultos, familias, religiosos, sacerdotes, diáconos… Pero en su mayoría son jóvenes.

Ellos dedican parte de sus vacaciones (o todos los días que disponen) para ir al encuentro de otros, en general a lugares pobres. Durante el año tienen reuniones de oración y reflexión. Buscan donaciones, realizan actividades para recaudar fondos económicos.

Encarnan el pedido de Francisco de ser “Iglesia en salida, pobre y para los pobres”.

Algunos se dedican a servicios solidarios de trabajo manual: construir o arreglar casas, pintar escuelas o centros de salud, reparar capillas o centros de catequesis.

La mayoría de los grupos trabaja la misión casa por casa para compartir la alegría de la fe, organiza juegos para niños y adolescentes, encuentros para jóvenes y familias, celebraciones, misas. Son cientos de grupos. Esto es, sin dudas, una muy buena noticia.

Pero hay más para renovar la esperanza. En la Argentina se vienen multiplicando las Comunidades terapéuticas y Centros Barriales que buscan ayudar a quienes están dispuestos a emprender el difícil camino de superar el consumo y adicción a las drogas.

Realizan tareas de prevención promoviendo actividades deportivas, culturales, religiosas, recreativas. Brindan familia, escucha, vínculos nuevos.

Mencionemos también a tantos varones y mujeres que voluntariamente participan de los servicios de Caritas. Talleres de capacitación laboral, apoyo escolar, emprendimientos laborales de lo más diversos.

Seguramente vos conocerás unos cuantos más que podemos agregar a una larga lista de gente que se compromete con los demás, haciendo un poco más soportable el desamparo, la soledad, la miseria.

Demos gracias a Dios por la generosidad de tanta gente, y pensemos en qué podemos sumarnos.

La semana pasada te compartía algunas enseñanzas del Papa en Chile. Quisiera ahora destacar algunas que expresó en Perú. Al hablarle al clero local, también sentí que nos habló a otros cleros de otras geografías, y lo destaco no por ombliguismo-personalista-corporativo sino porque agradezco que Francisco llame a que no rehúya cuestionarme, preguntarme, interpelarme; me hace bien que confíe en que puedo encontrar una mejor versión de mí mismo como servidor de Cristo en este tiempo: “Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión deuteronómica de la vida.

Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia comenzó con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo. (…) Cuando yo digo ‘quiero que un obispo, un cura, una monja, un seminarista sea memorioso’, ¿Qué quiero decir?

Y es lo que me gustaría compartir ahora.

 1. Una dimensión es la alegre conciencia de sí. No hay que ser un inconsciente de sí mismo, no. Saber qué es lo que le está pasando, pero alegre conciencia de sí. (…) ¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes, demasiado ocupados. (…)

Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. (…) Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. (…)

2. Lo segundo es la hora del llamado, hacernos cargo de la hora del llamado. (…) Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir.

 No para sacar tajada para nosotros mismos. (…) No te la creas, no sos el pueblo más importante, sos de lo peorcito, pero se enamoró de ese, y bueno, qué quieren, tiene mal gusto el Señor, pero se enamoró de ese... Amor de entrañas, amor de misericordia que mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo. No al estilo de los fariseos, de los saduceos, de los doctores de la ley, de los zelotes, no, no, esos buscaban su gloria. (…)

3. La alegría contagiosa. La alegría es contagiosa cuando es verdadera. (…) La fe en Jesús se contagia.

Y si hay un cura, un obispo, una monja, un seminarista, un consagrado que no contagia es un aséptico, es de laboratorio, que salga y se ensucie las manos un poquito y ahí va a empezar a contagiar el amor de Jesús. (…) La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da ‘fuera’ como si solamente fuese un problema del ‘mundo’.

 Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también dentro de nuestras comunidades, dentro de nuestros presbiterios, dentro de nuestras Conferencias episcopales ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros, ¿o me equivoco?”.

Francisco y su carta encíclica Laudato Si’ se vieron patentizados en su mensaje dirigido a los pueblos de la Amazonia: “Sabemos de movimientos que, en nombre de la conservación de la selva, acaparan grandes extensiones de bosques y negocian con ellas generando situaciones de opresión a los pueblos originarios para quienes, de este modo, el territorio y los recursos naturales que hay en ellos se vuelven inaccesibles.

Esta problemática provoca asfixia a sus pueblos y migración de las nuevas generaciones ante la falta de alternativas locales.

 Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados sin tener en cuenta a sus habitantes.

Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos; asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias. (…)

 La cultura de nuestros pueblos es un signo de vida.

La Amazonia, además de ser una reserva de la biodiversidad, es también una reserva cultural que debe preservarse ante los nuevos colonialismos”.

Cuánto para aprender, profundizar y rezar.