Opinión

17 de Enero de 2018 - Nota vista 153 veces

Perú: La Virgen de todos

Tomando en consideración la actual visita del Papa a Perú, me pareció bueno hacer alguna referencia a ese país tan particular y sus creencias y tradiciones.

Ya pasaron muchos siglos desde que el sacerdote español Padre Valverde se entrevistó con el Inca Atahualpa, a quien le dio un ejemplar del Catecismo diciéndole que era la palabra de Dios.

Cuando el Inca llevó a su oreja el libro tratando de escuchar la voz divina, lo lanzó enseguida al suelo, ante el fracaso de su intento.

El sacerdote gritó entonces a las huestes españolas, escondidas y listas para atacar: ¡A ellos, yo os absuelvo!. “Fue el primer episodio militar en el que la Iglesia Católica actuó coordinadamente con los soldados españoles para invadir y conquistar el imperio incaico.

En la actualidad, Cuzco, la tierra que vio nacer la cultura inca y que guarda sus tesoros más significativos, es escenario de la convivencia entre las tradiciones prehispánicas y los íconos católicos instalados luego de la Conquista.

Una muestra de ello es la festividad de la Virgen del Rosario, celebrada cada 7 de octubre en los pueblos de la provincia de Paucartambo, ubicados muy cerca del denominado Valle Sagrado.

La imagen de la Virgen es escoltada por hombres enmascarados, con trajes que veneran íconos incas como el sol y la luna mientras se escucha música andina y voces que aún hablan quechua, como única lengua.

Dicen algunos pobladores que los habitantes de Cuzco usan desde hace siglos el pretexto de la imaginería impuesta por el catolicismo para mantener viva la cultura inca, porque las tradiciones originarias se niegan a morir.

Y deslizan: “Es un pretexto más para cantar y bailar lo nuestro, con la mirada vigilante y protectora de la virgencita”.

Después de 4 horas de camino, en un recorrido que surca montañas, bordea precipicios y atraviesa pequeños pueblos ganaderos, la llegada al pueblo de Huancaraní muestra un paisaje de fiesta: hombres y mujeres y niños también, visten trajes de vivos colores, algunos tienen extrañas máscaras con las que durante la fiesta cubrirán sus rostros, y pueden verse músicos ambulantes ofreciendo sus servicios casa por casa.

Las familias se preparan para el festejo central desde muy temprano. Seguramente uno o más de sus integrantes participarán danzando en el recorrido que acompaña a la imagen venerada por todo el pueblo.

Durante la procesión, los “padrinos” (representantes de las familias elegidas para ofrendar a la virgen) encabezan las comparsas de músicos y bailarines.

El pueblo se paraliza, todos se confunden entre sí y se exhiben los bailes y cánticos de las danzaq’s, negrillos, maqtas y chukchus. Estos son una suerte de guerreros, bufones, diablos y reyes, en su mayoría de origen prehispánico. Las codiciadas qoyachas y apuestos huaynas (mujeres y hombres solteros) se juntan en una danza con propósitos amorosos.

En estas fiestas es posible comprender mejor la magnitud e intensidad del sincretismo religioso y admirar como los pueblos incas aprendieron a integrar el catolicismo con sus tradiciones más profundas, que no se perdieron pese al poderío avasallante de los españoles.

Cada traje, cada danza y cada palabra cantada en quechua muestran que las culturas originarias siguen latiendo con fuerza en las entrañas de los Andes peruanos.

Puede asegurarse que la fiesta de la Virgen del Rosario fusiona tradiciones en Perú.


María Rosario Echeverria

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