Opinión

13 de Enero de 2018 - Nota vista 535 veces

En tus ojos

Despertando como todos los días, la anciana, comienza lentamente a caminar entre la correntada de recuerdos, y los disparates que se vuelven su realidad momentánea. Despacito va ella con su tranco bamboleante. Andá a saber en qué piensa hoy su senil demencia.

 A veces solo la observo, con pocas ganas de responder, agotada de presenciar aquellas reiteradas alucinaciones o de explicar incansablemente las mismas cosas.

  Empero, caigo en la cuenta de que esa anciana que alucina con personas inexistentes, revive a su marido todos los días o pasea con su madre en Yapeyú, su pueblo natal. La mujer arrugada de experiencias y venida abajo por los dolorosos golpes de su vida; es mi abuela. Por eso me dispongo a participar de su realidad intentando que sea un juego, como cuando era chica y juntas escribimos telegramas al abuelo, llamamos por teléfono a sus hermanos o a su madre según “a quien le toque revivir ese día”.

   Subyazgo en una emoción, que todavía no puedo describir mixtura de angustia, amor, desesperación y paciencia, lamentando mucho que no sea un juego.

   Me mira con sus ojos verdosos, que ya perdieron su luz en ese momento cuando se queda en un instante eterno de búsqueda, sé que quiere saber quién está en mis ojos. Reitera su búsqueda frunciendo el ceño y mirando más profundo a través de sus lentes, los acomoda, como si fuese una cuestión visual no reconocerme, y susurra bajito:

 _ ¿Quién sos vos querida?

   La primera vez, a uno se le estruja el corazón y las lágrimas solo brotan. El raciocinio lógico de mis jóvenes años, intenta comprender e interiorizar todo lo que los médicos repiten hasta el hartazgo. Tres meses después, me encuentro jugando a las adivinanzas, a la búsqueda y pérdida del tesoro. Escondida en los recovecos de los patios, donde juegan mis angustias, broncas y confusiones; lloro.

 _“Ya es tarde abue, hay que ir a la cama”.

    No hay más reglas porque se borraron. Al igual que personas, aflicciones, palabras y recuerdos, “la tormenta erosionadora del tiempo” le lleva hasta su alma. Y la deja ahí vagando en lo que queda y mientras quede.

    Tranquila, no tengas miedo, no desesperes si no tenés un mundo que vivir, a las doce te toca la magia, “la panzona” como le llamas a tus pastillas. Y aguardo ansiosa tu calma para que me mires a los ojos y me vuelvas a mentir diciendo que me conoces.

   El tiempo te lleva, pero me quedo sabiendo que el amor sí existe, porque lo veo todos los días, está ahí en tus palabras sinceramente mentirosas, esas que me expresan lo mucho que me agradeces por estar en ese instante mirándote a los ojos, aunque no sepas quien soy.


Ivana G.

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