Salud

3 de Enero de 2018 - Nota vista 522 veces

El problema de los diagnósticos en la infancia

En los últimos años, se ha producido un sorprendente aumento de casos de niños diagnosticados con TDAH, trastorno de atención con hiperactividad. ¿A qué responde este fenómeno? ¿A una epidemia infantil, a nuevas expresiones de malestar cultural o a una patologización de la infancia?.

Los niños suelen aparecer denunciando lo que les pasa, sobre todo en la casa o en la escuela, principales y primeros espacios de socialización, y la forma que encuentran de manifestarlo es a través de la conducta. Está claro que partimos de la idea de considerar a un niño en proceso de construcción de subjetividad, por lo que en ellos nada es definitivo y suele responder al contexto y sus particularidades, por lo que las generalizaciones sobre la infancia deben ser tomadas con pinzas, para evitar etiquetas y rótulos que puedan condicionar su pleno desarrollo. Sabido es que imprimirle a un niño la sentencia que es un inútil o un violento provocará muy probablemente que se cristalice en ese lugar y responda de forma tal de confirmar su descripción. Porque sabemos que un "sello" no es inocuo, que un niño se constituye a partir de la imagen que los otros le devuelven, que tenemos que ser muy cuidadosos para no fijar como estable un tipo de funcionamiento que puede ser transitorio o que podemos modificar.

Ahora bien, en este último tiempo ha habido un aumento de casos de niños diagnosticados a partir de una serie de conductas que generalmente se manifiestan en la escuela: inatención, hiperactividad e impulsividad. De allí que lo que podría ser el principio de una serie de preguntas, como por ejemplo qué le pasa a ese niño, por qué actúa o reacciona de esa forma, etc., lo que suele aparecer es una respuesta, una etiqueta, que obtura cualquier interrogante, asignando al niño una enfermedad, que como tal requiere tratamiento y muy posiblemente medicación. Medicación cuya acción es en principio cuestionable y cuyos efectos secundarios a corto y largo plazo se desconocen. Por otra parte, al considerarse una enfermedad, de alguna forma también se pierde la responsabilidad subjetiva del niño o adolescente, ya que actúa de esa manera porque padece tal enfermedad.

La ecuación "conducta no adecuada socialmente-enfermedad/tratamiento-medicación" nos hace perder de vista al niño como sujeto constituido en una historia, en vínculos con otros y desplegándose en un entorno familiar y social, a la vez que cierra algunos interrogantes: por qué el año pasado no era así, por qué con temas de su interés logra prestar atención y trabajar, por qué en el club tales conductas no se manifiestan, etc.

Algunos profesionales sostienen que existe una sobrediagnosticación en la infancia, ya que los indicadores están presentes en mayor o menor medida en casi todos los niños y habría que saber evaluar quien padecería dicho trastorno. Estas voces críticas afirman que el interés en el diagnóstico del TDAH y otros trastornos radica en el beneficio de la industria farmacéutica, que se ha visto sumamente favorecida con los costosos tratamientos que conlleva.

¿Qué hacer con los niños que presentan dificultades?

Es muy importante realizar una consulta cuando un niño presenta dificultades, porque el trabajo en los primeros años de vida puede impedir años de sufrimiento. Pero también aquel que es consultado por un niño pequeño deberá tener en cuenta que cambian, crecen, que un niño es un sujeto en constitución, marcado por el contexto, y promover modificaciones en él y en el entorno puede abrir nuevas posibilidades. Por eso, una cuestión preocupante es la fijeza de los diagnósticos, a contramano de la idea de movimiento y transformación.

La niñez es un momento de la vida en la que un sujeto se va constituyendo como tal. Es una época de transformación y cambio, de apertura de caminos y también de armado de repeticiones. Las identificaciones, los deseos, las normas y prohibiciones internas y los modelos se van instituyendo en esta etapa. Esa estructuración se da en relación a otros, que son los que libidinizan, otorgan modelos identificatorios, transmiten normas e ideales. Son los que le devuelven al niño, como un espejo, una imagen de sí, que constituye un soporte fundamental frente a los avatares de la vida. La posibilidad de quererse a uno mismo, de valorarse, tiene como fuente esa representación de nosotros mismos que nos fue dada durante los primeros años.