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5 de Diciembre de 2017 - Nota vista 76 veces

¡CUÁNTO DE LINDO LE DEBEMOS!

Nacido el 27 de marzo de 1901, en el barrio de Once, en Buenos Aires, falleció en esa misma ciudad el 23 de diciembre de 1951.

Ese fue Enrique Santos Discépolo.

Era el quinto y último hijo de Santos Discépolo, un músico italiano que después de estudiar en el Conservatorio Real de Nápoles, se dirigió a Buenos Aires donde fue director de las bandas de la Policía y de Bomberos e instaló un humilde conservatorio que funcionó hasta su fallecimeinto, en 1906.

La infancia de este grande a quien llamarían “Discepolín”, transcurrió en la calle Paso al 100. Quedó huérfano de padre a los cinco años y de madre a los nueve. Semejante desdicha del hogar dejó en él su feo sello. Ha dicho:

“Entonces mi timidez se volvió miedo y mi tristeza, desventura. Recuerdo que entre los útiles del colegio tenía un pequeño globo terráqueo. Lo cubrí con un pañuelo negro y no volví a destaparlo. Me parecía que el mundo debía quedar así, para siempre, vestido de luto”.

Tras la muerte de sus padres, quedó bajo la tutela de su hermano Armando, destacado hombre de teatro.

Con el objetivo de recibirse de maestro estudió en la escuela “Mariano Acosta”, estudios que dejó truncos para dedicarse a ser actor.

Larga resultó su incursión por la bohemia porteña.

Fue Tania su esposa, una española de origen y porteña por adopción, que interpretó con original cento los tangos de Discépolo.

La actividad que desplegó este gran músico en su vida fue realmente vasta y muy variada. Se lo recuerda como actor, autor teatral, músico, libretista, director cinematográfico y de orquesta, conferencista y charlatista en la radiofonía donde comentó el nacimiento de sus tangos y personificó al controvertido “Mordisquito”.

Algunos lo han llamado el filósofo del tango. En su obra resalta su pesimismo y desesperanza. Tuvo presente siempre cierto misticismo al invocar en la mayoría de sus creaciones a Dios. Resulta curioso que Discépolo partiendo de la amargura, cosechó éxitos en casi todos sus tangos.

El público no disimula que en lugar de provocar rechazo, la obra de este gran músico argentino despertó enorme admiración. Sus temas se convirtieron en clásicos. Hasta el día de hoy se siguen interpretando en todo el mundo.

Se sabe que su amigo Homero Manzi, desde el sanatorio donde luchaba contra el cáncer que acabó con su vida le dedicó con música de Aníbal Troilo, un tango en su homenaje al que tituló “Discepolín”, en cuyos versos sintetiza magnificamente la esencia discepoliana.

En 1924 escribió el primero de sus tangos llamado “Bizcochito”, pero sólo la música ya que Antonio Saldías le puso la letra. En su producción se cuentan, entre otras, estas creaciones: “Malevaje”, “Cambalache”, “El Choclo”, “ Yira-Yira”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Desencanto”, “Sin palabras”, y “Qué va chaché”.

Merece agregarse que el mismo Discépolo, definiendo su labor, dijo: “Un tango puede escribirse con un dedo, pero con el alma, un tango es la intimidad que se esconde y es el grito que se levanta desnudo”.

También se le oyó señalar: “El origen del tango es siempre la calle, por eso voy por la ciudad tratando de entrar en su alma, imaginando en mi sensibilidad lo que ese hombre o esa muchacha que pasan quisieran escuchar, lo que cantarían en un momento feliz o doloroso de sus vidas”.

Enrique Santos Discépolo, un grande no un músico más, un excepcional y destacadísimo músico nuestro. Pienso él se tiene bien ganado el recuerdo y la admiración de todos nosotros, los argentinos. Y aún de quienes no lo son.


María Rosario Echeverría