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25 de Noviembre de 2017 - Nota vista 68 veces

Fiesta en el cielo y en la tierra

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Este sábado 25, se realizó la ceremonia en la cual fue beatificada la Madre Catalina de María Rodríguez. Mujer que nació en Córdoba el 27 de noviembre de 1823 y murió el 5 de abril de 1896.

 Con este paso de la beatificación, la Iglesia nos muestra en ella una persona que vivió conforme al Evangelio y que se encuentra gozando de la presencia de Jesús Resucitado junto a todos los Santos y Beatos.

¿Son solamente ellos los que están en el cielo? Ciertamente que no. ¡Cuánta gente buena hemos conocido y que la Iglesia no ha necesitado declarar su Santidad! Confiamos que ellos también están en el cielo. Seguramente que vos también podrías contar historias de personas realmente muy buenas y que hicieron mucho bien en sus Parroquias, barrios, instituciones.

 Podemos evocar a mamás y papás, enfermeras, docentes, misioneros, catequistas, sacerdotes, diáconos, obispos, dirigentes de Movimientos… Un sinnúmero de fieles que también han vivido a fondo el Evangelio, y muchas veces de modo oculto y silencioso.

Catalina se destacó por su gran confianza en el Corazón de Jesús, y su mayor anhelo era serle fiel y agradarle en todo. Cuando tenía 17 años de edad hizo sus ejercicios espirituales de San Ignacio, y pensó en consagrarse a Dios en la vida religiosa, pero la única opción que había en ese tiempo para las mujeres eran los Monasterios de Clausura, y ella sentía que no era esa su vocación.

 A los 27 años se casó con un hombre viudo que había tenido dos hijos en su matrimonio anterior, y Catalina se dedicó a cuidarlos y atender las cuestiones hogareñas. De ese matrimonio tuvo una hija que murió al nacer.

Cuando su esposo falleció fue anidando el sueño de fundar una Congregación Religiosa con características particulares.

Pasa el tiempo, va madurando esa intuición y, en 1872, cuando tenía 49 años funda la primera congregación de vida apostólica en la Argentina. Tuvo que sortear muchas dificultades para lograr lo que ella había llamado su “Sueño Dorado”. Una mujer que se animó a soñar y ser perseverante en esa búsqueda. Que no se achicó ni tuvo miedo a la adversidad.

Pienso que en eso podemos también parecernos todos nosotros. Sea cual sea nuestra vocación estamos llamados a cosas grandes, nobles ideales que el Espíritu Santo pone en nuestros corazones. A veces, por quedarnos en “lo prudente o aceptable para los demás”, podemos caer en el conformismo de la tibieza que no nos ayuda a crecer, y corre el riesgo de quitar atractivo a la vida cristiana. Una “vida común” que en realidad es chirle y sin consistencia. Lo que el Papa Benedicto XVI denominaba “gris pragmatismo”.

En algo más podemos tomar su vida como modelo: se dejó interpelar y conmover por los más heridos de la sociedad. Quiso ser consuelo y se comprometió en la promoción humana de los pobres y abandonados, llevando la luz de la fe y el aliento de la caridad concreta. Por eso “Catalina es de todos”, como indican algunas de las frases que actualizaron su mensaje. Su “Sueño Dorado” no significó abstraerse de la realidad ni vivir en una burbuja misticoide, sino pisar la tierra y el barro para servir a los más pobres y desamparados. Como nos enseña Francisco, “la misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo”.

Con la comunidad de religiosas fundada por ella, fue estrecha colaboradora de San José Gabriel del Rosario Brochero en la organización de los Ejercicios Espirituales en la Villa del Tránsito y también en la puesta en marcha del Colegio de Niñas.

Hoy celebramos en la Iglesia la Solemnidad de Cristo como Rey del Universo. La Acción Católica lo asume como su Fiesta. Doy gracias a Dios por tantos dones espirituales y pastorales que nos ha regalado por medio de esta querida Institución.

Unamos también nuestra oración por los tripulantes del submarino ARA San Juan, por sus familiares y amigos.