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24 de Noviembre de 2017 - Nota vista 215 veces

A.R.A. SAN JUAN

Como argentinos y concordienses estamos conmovidos por esto que todavía no queremos llamar tragedia.
Fernando Ariel Mendoza

Un submarino de nuestra Armada y 44 tripulantes que un día abrazaron una profesión que tiene mucho que ver con la Patria, con el ser humano y con la naturaleza. Y consciente o inconscientemente, me alejo a muchos años atrás.

A aquel barrio de mis padres, recién casados y luego al de nacimiento de mis dos hermanos mayores.

Aquellos barrios de Concordia en que todos los vecinos formaban una familia, con la presencia amistosa en los malos o buenos momentos de cada uno y donde cada casa era también la del vecino para tomar o comer algo casero, para contar sus historias, para ayudarse cuando hacía falta, para felicitarse cuando la ocasión era feliz.

Y en ese barrio, nos contaban, había una familia que esperaba recibir familiares que llegarían a Argentina, a Concordia y viajaban en el Titanic, muriendo en aquel naufragio impensado, terrible, doloroso.

Los chicos oíamos y nos parecía mentira, los grandes sufrían porque era verdad y en cada aniversario del hundimiento, aun ya en otros barrios, algunos volvían los amigos a recordar, darse un abrazo y pedirle a Dios resignación y descanso a los que estaban con EL.

Y no hace mucho, en un viaje por el Caribe, en un hermoso crucero, esos que se denominan Ciudad Flotante, por sus dimensiones enormes, repletos de pasajeros de todo el mundo, con una tripulación agasajando, atendiendo, con comidas y espectáculos de gala, volví a darme cuenta de que no sólo el mar es bello, ni el río es tranquilo o el arroyo y sus pescaditos es la diversión de un paseo.

Volviendo de una isla, que ese día habíamos visitado, encontramos en el camarote un aviso de simulacro de naufragio que se realizaría en la madrugada y las correspondientes instrucciones.

Hablo en plural pues con mi querida amiga Graciela, con la que compartimos viajes en vida de nuestros esposos y seguimos ahora que fallecieron, junto a hijos y nietos, nos sorprendimos y dentro de la curiosisdad también había algo de nervios y preocupación, mientras tratábamos de no estar tan serias y pálidas.

A la hora señalada las sirenas estridentes avisaron: nos pusimos los chalecos, salimos a cubierta con una luna y estrellas fulgurantes, formamos para subir a botes salvavidas, mujeres y niños primeros, con alguna sonrisa por un chiste del que se creía capitán o el actor de una película famosa.

Todo fue ordenado, amistoso, queriendo pensar que era “de mentira” y mirando al cielo para rogar que nunca algo así realmente sucediera en ninguna parte del mundo, pero verdadero, cruel.

Y, por último, recuerdo las confidencias de otro gran amigo, Polo Ceibal, sobreviviente, gracias a Dios, del General Belgrano, en Malvinas, que una vez escribí para El Heraldo, como testimonio de tantos héroes que también son concordienses.

Hoy, quiero creer, como muchos, que en el A.R.A. San Juan, hay vida, que nuestros conciudadanos y sus compañeros volverán a casa.

Hoy quiero tener esperanzas y fe y poner como humilde granito de arena, el deseo que la ciencia, tecnología y progreso, sirvan para lograr la paz, amor, salud, bienestar, para reír por la alegría o derramar una lágrima de emoción por sabernos seres humanos, vivos, dignos, nobles, con un corazón que late sanamente, con un alma que se regocija porque otra lo hace también a su lado, a su mismo ritmo, sabiendo que la Vida es bella y nosotros podemos embellecerla cada día un poco más.


Chispita