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18 de Noviembre de 2017 - Nota vista 51 veces

¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO?

Quizá para algunos esto resulte una pregunta bastante trivial. Para mí, no. Estoy azorada realmente ante la cantidad de suicidios que se dan por estos tiempos, de modo particular, lo que sucede en Concordia, “mi” ciudad que tanto quiero y pondero reiteradamente.

Se suceden los días y las noches y también se van sumando hechos de ese tipo. Advierto también que son muchas las personas conmocionadas por estos acontecimientos.

Respecto de la o las causas que movilizan a tomar tan drástica decisión, sin dudas, serán muy variadas, aunque creo es un común denominador que mucho está en quienes integramos la sociedad toda que, en lugar de ser capaces de contener y hasta ayudar a “parar” esas tristes determinaciones, facilitamos llegar a esos desenlaces con nuestra frialdad de sentimientos, nuestras vanidades tontas, nuestra lejanía de actuación, nuestro claro desinterés por la que negativamente están viviendo nuestros semejantes en la compicadísima realidad actual de la existencia.

Un gran amigo mío, de admirable formación salesiana, que posee una espléndida familia integrada de modo especial por su esposa, hijos y nietos, hace algunos meses me decía notar él que cada vez cuenta con menos amigos, seres humanos en quienes “volcarse”, en quienes abrirse, desnudando su alma, su sentir, sus alegrías, sus tristezas, expectativas, pequeñeces importantes.

Atribuye eso fundamentalmente a que cada vez más los hombres están siendo dominados por un detestable egoísmo, un puntual individualismo no exento de vanidades, ostentación, deseos de “aparentar” que llevan a sobrevalorar lo material en detrimento de lo que va de la mano de lo espiritual, esencial en el vivir.

Opina que hoy es muy difícil encontrar gente en quien confiar, en quen creer, agravado todo por la realidad de que las clases sociales, con el pasar del tiempo, se van mostrando más y más “marcadas”, en un casi excluyente afán de seleccionar quizá demasiado, las vinculaciones con quienes se trata.

Ante toda esa cosa gris y lamentable, es evidente que las personas “se cierran” en sus mundos de pesares no permitiendo así que alguien les acerque un nuevo panorama que les dé aliento, seguridad, anhelo de seguir viviendo o bien, que no haya algún ser humano capaz de contenerlo interpretando de por sí la situación prefiriendo mantenerse en un planteo egoísta y duro.

Tan sólo una palabra, una sonrisa, muchas veces pueden frenar un desastroso hecho.

Recuerdo haber leído alguna vez que el mejor regalo que podemos hacer a alguien es entregarle una esperanza. Estoy convencida de que es así.

Pienso que este actuar con tanta displicencia y frialdad sin importarme nada del otro, nos abarca a todos o casi todos.

¡Cuanta falta nos está haciendo, en un sincero “mea culpa”, tratar de comprender más a los semejantes y buscar ayudarlos para tratar de evitar tanta tristeza y dolor del suicidio!

Debemos cambiar.

No dudo. Con un adecuado accionar estatal y el acertado desenvolvimiento de cada uno de nosotros, debemos procurar evitar se produzcan nuevos suicidios.

Entiendo es complejo sí, pero no imposible de conseguir. Y también, que vale la pena intentar.


María Rosario Echeverría