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13 de Octubre de 2017 - Nota vista 915 veces

En busca de la memoria

Hace un par de meses, mientras estábamos en clase, alguien me preguntó por Ana Frank. Después de ese día no sé bien en qué orden fueron surgiendo más y más preguntas, la clase de lengua se pobló de lecturas, de datos históricos, de anécdotas y entendí que podía canalizar en esa motivación, el interés por un tema que necesitamos hablar, debatir y recordar: el Holocausto/Shoá.

Trabajo en la Escuela Técnica Nº1 «Brigadier Pascual Echagüe» y tengo un curso maravilloso, el 303. Son 29 alumnos, 29 almas curiosas que se debaten entre seguir el celular o seguir mi clase. Entonces, tuve que encontrar un tema que realmente los atrapara más que ese aparatito y allí estaba ella: una chica como ellos, de 14 años, ojos grandes, delgada por las condiciones adversas que tuvo que vivir e inquieta. Conocieron la historia de «la casa de atrás» y detrás de ese episodio llegaron Primo Levi, Román Danon y un poema del poeta argentino Antonio Requeni. La lista de Schindler, también nos alumbró desde la penumbra de su blanco y negro.

 Pero cuando hablamos de Holocausto/Shoá, hablamos de una época relativamente reciente y la curiosidad de estos chicos, iba más allá. Fue entonces que el lunes 2 de octubre solicitamos turno para conocer el Museo Judío de Entre Ríos. Gracias a la profe de Matemática que nos acompañó y a la magnífica guía de Nito, pasamos un día imborrable.

 Llegamos temprano, como habíamos acordado. Nito, el director y guía del museo, como nos pidió que lo llamáramos, abrió las puertas del museo y también las de su corazón. Nos contó el larguísimo peregrinar de los millones de judíos que partieron allá por el 79 d.C. en lo que se llamó la Diáspora y que atravesando una y mil expulsiones y destierros, hasta que pasados casi dos milenios a nuestro país.

 El encuentro de dos mundos: la paradójica semántica de que los judíos, que habían sido expulsados de la Zona de Residencia en Rusia, llegaran a la despoblada Argentina en un barco llamado «Pampa», la llanura sagrada que los cobijaría sin hostilidades y en paz.

 En el Museo, Nito no fue un guía, fue un amigo. Un tío para algunos, un abuelo para otros que relató su historia y la de muchos otros hijos y nietos de inmigrantes judíos en Argentina. Se emocionó y entusiasmó con las preguntas, se conmovió con el silencio entusiasta de los chicos, compartimos fotos grupales y hasta un recreo de bizcochos y risas. Este fue también un encuentro de dos mundos: nuestros jóvenes, que parecen estar siempre con las ideas en otro lado y el Museo y Nito, que nos trajeron un viaje al pasado que nos ayuda a armar y entender el presente.

 La sala Víctor Oppel nos emocionó hasta las lágrimas. Allí están mirándonos Martin Luther King, Albert Einstein, Juan Pablo II, Madre Teresa y tantos otros con la esperanza de que no nos quedemos callados ante la injusticia y la discriminación. El relato pausado de Nito caló hondo en los corazones de todos. En esta sala conocimos la trágica historia que trajo de Auschwitz el doctor Víctor Oppel, uno de los pocos sobrevivientes del horror.

 La foto grupal nos encontró abrazados, sonrientes, esperanzados, ávidos de deseos de contarles a nuestros seres queridos que nuestra identidad como argentinos, como entrerrianos, como concordienses, tiene un pasado entrañable que merece memoria.

Prof. Celina María Giorgio

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