Opinión

Por Darío H. Garayalde para Diario El Heraldo - 13 de Abril de 2019 - Nota vista 941 veces

Uno de fantasmas

La ciudad que fue escenario del suceso que me propongo relatar, ya no existe; su aspecto ha variado, ahora es mucho más grande, las calles de tierra se pavimentaron, los baldíos desaparecieron y la iluminación avanzó mandando a los fantasmas a las sombras de las cuales provenían. En ese tiempo, andando por la calle Alvear, el barrio se denominaba “La Cuchilla”, más allá de la Plaza España, sólo una o dos cuadras edificadas marcaban los límites de la ciudad. Más allá estaban los prostíbulos, la Cárcel Pública y la zona montuosa que prefiguraba la cercanía del Arroyo Yuquerí.

Miguelito vivía contento ya que tenía trabajo, lo que le permitía vivir en Concordia, ciudad de la que quedó agradablemente impresionado cuando llegó aquí, desde la lejana Bella Vista (Ctes), para hacer el Servicio Militar.

Consiguió trabajo en el mismo barrio en el que prestó servicio como soldado en el Distrito Militar 30, en Alvear y San Martín, que quedaba frente a la farmacia San Martín que en ese tiempo era del Sr. Silva.

Trabajaba entonces en un comercio de venta de forrajes, maíz quebrado y avena, y con lo que ganaba le alcanzaba bien para pagarse una pensión en la calle Bmé. Mitre Nº 147, a una cuadra de la Plaza 25, como se le decía entonces. ¿Qué más podía pedir?

Era bien tratado por sus patrones, y el correspondía de la misma manera, quedándose a trabajar hasta tarde, embolsando maíz o simplemente los acompañaba cebándoles mate a sus patrones y amigos.

Sólo una inquietud empañaba el horizonte de Miguelito cuando se quedaba hasta tarde.

Tener que pasar, (cuando ya no quedaba gente en la calle) por la esquina de Panadería “La Unión”, en la calle Alvear y A. del Valle, porque se decía que esa esquina era “asombrada” (Es donde hoy está la verdulería y frutería de Gazzolo).

A el nunca le pasó nada, pero se contaban muchas cosas de ese lugar. Eso hacía que pensara seriamente en cambiar su recorrido…pero no lo hizo.

Una noche, que no era precisamente una como en esos cuentos, sino que era una noche de primavera, con el aire lleno de perfume de los paraísos florecidos y los jazmines de los muros, pasó por la esquina de “La Unión” sin acordarse siquiera de santiguarse, cosa que de vez en cuando hacía. Había ya caminado una cuadra y media y había pasado por la guardia del Distrito donde había un soldado en la puerta, como correspondía, pero la farmacia de Don Silva estaba cerrada.

Por el rabillo del ojo percibió una presencia en la vereda de enfrente. La miró y era una mujer, con un pañuelo en la cabeza. No quiso mirarla con insistencia porque no era de buen gusto hacerlo a esa hora. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo porque la mujer no se balanceaba al caminar, sino que parecía deslizarse sobre patines, aunque en total silencio. ¡Eso ya fue mucho para Miguelito! Y no miró más.

Sin embargo, si bien no la miraba, su inquietud iba en aumento y hacía que se le erizara el pelo de la nuca, además percibía un olor a humedad y a tierra muy penetrante por lo que decidió mirar de nuevo...y la mujer estaba al lado suyo.

Miguelito no era cobarde, por lo que decidió hablarle, pero no se le ocurría nada. La mujer murmuró algo que el no entendió - ¿Qué? ¿Qué dice usted?- Inquirió- Y la mujer que era muy bella abrió la boca como para decir algo, y salió un sonido como el que hacen las chicharras, aunque muchísimo más fuerte.

Cuando Miguelito advirtió que iba corriendo, ya había adelantado una cuadra completa de la Plaza España y pasaba frente al Almacén “El Águila”. Solo pasaba por calles desiertas, alumbradas con una lamparita de 25 w en cada esquina, como era en ese tiempo, pero el resto de las cuadras, con frondosas arboledas eran de una oscuridad total.

La única luz que vislumbraba era el surtidor de Durban, junto al puentecito del arroyo Concordia pero en la vereda de enfrente, solo había una casa vieja al principio de la cuadra, luego baldío y la carbonería de Martínez.

Cada tanto miraba hacia atrás y hasta le pareció ver cruzar la calle a la mujer, más o menos a una cuadra de distancia.

Nunca olvidó Miguelito esa noche, hasta que vislumbró las luces de la plaza y de la Comandancia de Policía donde entró corriendo.

Jamás volvió a pasar de noche por la esquina de la Panadería “La Unión”.

Los policías le contaron que esa esquina era “asombrada” porque allí, en ese lugar fue un enterratorio cuando la epidemia de viruela negra de 1887. No fue nunca un cementerio. Sólo un lugar donde se enterraban en fosas comunes a los fallecidos por la gran mortandad que hubo. Algún agente comentó que en sus recorridas a caballo por la ciudad, al llegar a esa esquina, los caballos se ponían nerviosos y hasta se negaban a seguir. Se supo que alguna vez se veía pasar corriendo a un niño desnudo que parecía tener unos cinco años.

Pero la pavimentación de las calles de tierra, la luz eléctrica y la ocupación de los baldíos hicieron desaparecer a los fantasmas de esa vieja Concordia… y los problemas de la policía son un poco más complicados y más terrestres que entonces.

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