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CONCORDIA, Entre Ríos   Miercoles, 22 Mayo 2013 11:25
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  NOTAS CIUDADANAS
 
12-06-2012

 
«Garrapiñero. . .»


Suelo escribir artículos con recuerdos de mi infancia. Entonces la memoria de la gente de mi ciudad rebobina. La vieja gente y las antiguas cosas que formaron nuestra niñez. Y me hablan, y conversamos un rato por teléfono, porque también han escondido los recuerdos, que evocan sentados en bancos de la plaza, los días de sol, como jubilados, ajenos ya al ruido que nada les produce, que aceptan con la filosofía de lo inevitable.
Y entre mis recuerdos surge aquella hilera de hombres, y a veces muchachitos que formaban uno al lado del otro, una especie de espera en la cuneta del Teatro Odeón. Allí se instalaban los chocolatineros, con sus canastos de mimbre algunos, otros con forma de caja de zapato, pero grandes, colgando del cuello con largos cintos de cuero, ofreciendo su mercadería. Teníamos nuestras preferencias, la nuestra, mi hermana y yo, era el Ñato. Un personaje que desapareció de nuestras vidas, junto con el cierre del cine, tal vez cuando dejamos de participar de aquellas matinées, junto con Buck Jones y su caballito blanco. O tal vez porque ya fuimos señoritas y la matinée dejó de importarnos.
* * *
En aquel grupo había también un muchachito pelirrojo, con pecas, siempre serio. Lo veíamos. Era un chocolatinero que entre la serie de morochitos se destacaba por el color rubio subido de su pelo y su rostro, blanco, pecoso. Con los años lo descubría en distintas actividades. O vendía chocolatines en las canchas o frente a las escuelas de Capuchinos, Normal, Plaza Nueva. . .En la costanera, en la plaza, los días de fiesta los chicos se arremolinaban a su alrededor por los copos de nieve, que llevaba en alto en un grueso palo, para que nadie los tocara.
Un día me sorprendió con la venta de maníes, en la esquina de la ferretería de Arcioni (Entre Ríos y Alberdi) El, con su esposa al lado, preparaban y vendían garrapiñada. . .Más de una vez paré mis pasos atraída por aquel olor tan particular, que en la paella de cobre, el revolvía con los maníes y el azúcar, de donde saltaba aquel aroma, que en invierno no se resistía.
Siempre admiraba su constancia en el trabajo, jamás lo dejé de ver en esas tareas: serio, concentrado, pocas sonrisas, buenos modales. El cabello fue cambiando, el muchachito pelirrojo era ya de pelo blanquecino. No calculé sus años ni el tiempo que lo veía por las calles de mi ciudad.
Hasta que lo encontré en su nueva parada: Urdinarrain y Peatonal, atrás de su hornillo. Acerqué su propia silla y le dije: «vamos a conversar de su vida». Serenamente, él aceptó.
Juan Barber tenía en esos días 63 años. Hacía 39 que había comenzado de chocolatinero, cuando Miño, el que vendía golosinas en el Odeón, le daba a consignación para la venta. Antes había sido lustrador de muebles, pero no le redituaba. Con aquella venta de caramelos y chocolates, corajudo, se casó.
Tenía 23 años y cinco hijos en hilera que acompañaron su vida, pero la gran amiga fue su esposa, él no podía dejar de decirmelo. «Siempre me ayudó, no solo con los chicos que había que atender, sino en el trabajo, me aconsejó y aún ahora que tenemos un kiosco en la esquina de Quintana y Entre Ríos, ella sigue trabajando. . .»
Aprendió a hacer garrapiñadas de un señor Tracaduaña, que lo hacía en bolsitas selladas. «A mí me gusta mi trabajo. Esta es garrapiña fresca, todos ven que la estoy haciendo y tengo mis clientes, mas los que siempre se agregan.
Pero la venta ha bajado, diría que un 60%».
-Me parece mucho, le dije a Barber. Y sus hijos ¿que hacen?
-Ya son casados y con hijos. Casi todos son vendedores ambulantes, lo mismo que yo y se defienden con su trabajo.
-¿Ud. pudo hacer su casa?
-La hice con mis propias manos, en calle Villaguay. Y cuando le digo eso, no le miento. Yo no sabía nada de nada, nunca había estado en ese ramo, pero fui poniendo ladrillo sobre ladrillo, sin ayuda, sin haber hecho jamás ni un muro. A veces me ayudaba mi mujer. Solo una vez consulté un albañil que me dijo: «Seguí nomás así, que vas bien». Y seguí nomás. La hice con piso de mosaico, con cielo raso, perfectamente hecha.
Sonreía Juan Barber. Fue un verdadero sacrificio hacerla día a día, y sobre todo que hasta dejo de fumar por ella.
-¿Cómo, se sentia mal?
-No, señora, decidí depositar todos los días el importe de un paquete de cigarrillos en una alcancía. Parece mentira, pero al cabo de 20 días, lo sacaba y me alcanzaba para un metro cuadrado de mosaico. No nos damos cuenta de la plata que lleva ese vicio, pero yo si lo aprecié. Nunca más volví a fumar.
Este vendedor nunca ha tenido un problema con la Municipalidad porque tiene un permiso. Durante 33 años trabajó en una misma esquina, la de Alberdi, que les comentaba, ahora suele estar en la esquina donde lo encontré. Y por primera vez alguien me dice: «Ha de tener problemas Ud. con todo lo que escribe ¿no? porque mire que es complicado hablar con la gente. . .»
Juan Barber, un hombre trabajador de mi ciudad, que hace mucho que no veo, opina que «los muchachos están asi, tan sinverguenza haciendo cosas, asaltando, matando, porque la necesidad los tiene asi, créame señora no son tan malos, pero los pibes se ponen fuera de control sin trabajo, sin nadie que les confie nada. No hay solo que comer, hay que ver lo que es levantarse y no saber qué hacer con el tiempo y que no le confian nada.. .»
Puede ser que asi sea, Juan Barber, la vida es muy diferente a nuestra infancia. No podemos volver atrás y es difícil cambiarla ¿No le parece que éramos mas felices como con todo lo que hacia Ud. desde chico?
Y Ud. sigue diciendo, todavía ahora, que no se siente cansado, que quiere estar siempre en actividad y que le hizo bien a su salud y a Ud. poner todos los días el valor de un paquete de cigarrillos, en la alcancía, ¿Cuántos estarían dispuestos a hacer lo que Ud. hizo para completar su casita?

Hasta otro día

MINGUET