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CONCORDIA, Entre Ríos   Miercoles, 19 Junio 2013 06:25
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  NOTAS CIUDADANAS
 
07-06-2012

 
Este ser periodista


Nunca pensé en una carrera a seguir, cuando era jovencita. Sabía que ser maestra, que era allá por 1940, la carrera que ofrecía Concordia, ya que mi abuela, francesa, Leonie Parodié de Rovira había sido de las primeras maestras recibidas en Concepción del Uruguay y había sido enviada por Sarmiento, junto con su prima Dolores Alsina, como maestras recién recibidas a Federación, a la Escuela Pellegrini. Contaba en ese entonces creo que con 15 años, pero allá partieron ambas, imagino que llenas de ilusiones, solas en este país donde habían sido recibidas por tíos, los Parodié de Concepción del Uruguay; uno de ellos profesor traído por Sarmiento al Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Mi abuela, como les digo, francesa, sin conocer el país, con otro idioma y otra forma de vivir. Pero se adaptó y vivió en aquel pueblo pequeño que era Federación donde, con los años, conoció a Bernardo Rovira, español y casó con él; y su prima también formó su hogar allí con un señor Sanz, ambos socios de un negocio que traía todos los productos importados de Europa. Luego mis abuelos vinieron a vivir a Concordia y compraron propiedades. Vivía ella, ya viuda en esta calle San Luis, a pocos pasos de donde está mi escritorio, cuya casa perteneció luego al Dr. del Cerro y su esposa.

Mi madre también maestra ¿cómo podía imaginar otra profesión? Formó su hogar con Arturo Mouliá, periodista, como lo había sido su padre, el Dr. Estanislao Mouliá y algunos de sus hermanos.
Pero mi madre viuda después y con dos hijas no podía pensar en enviarnos a estudiar una carrera, así que las dos hermanas terminamos siendo maestras, pero solo yo en actividad docente, ya que mi hermana menor, con los años se empleó en la secretaría de Philips, en calle Entre Ríos.
* * *

Ya maestra y siendo mi familia antiperonista, a través de su diario (La Nota, La Voz del Norte) nunca logré un cargo docente porque había que tener ficha de afiliación. Y comencé en distintos empleos, secretaria del Banco de Londres, aprendí con el contador Gumpel a llevar libros de contabilidad, alumnos particulares, intenté ser locutora, pero como pronunciaba las ll NO me tomaron. No sé cómo fue, pero un buen día mi tío, periodista, me mandó a la plaza a hacer algo social. Pueden ahora los que leen, reírse, pero tuve éxito en la tarea. Tenía que redactar, mejor dicho, describir las parejas de novios, sin dar nombres, solo iniciales y semblantearlas. El lector debía adivinar quiénes eran y tenían un premio.
Después hice publicidad!!! Me costó bastante recorrer los negocios, porque no me gustaba que me dieran publicidad porque me conocían. Era como que me regalaban mi trabajo y sería seguramente un poco orgullosa, pero lo hice y conseguí. La primera publicidad me pagó Casa Gorga, gran librería en calle Entre Ríos, describiendo un día de compra que era importartísimo en público y nunca volví a ver una librería que vendiera tanto.

Con esos escrititos y ya usando mi sobrenombre Minguet, fui conocida por Sara Neira, gran amiga de mi madre, ambas docentes. La cuestión fue que ella me ayudó a través de su programa «Lo que vi al pasar» en LT15, donde siempre me citaba y entre las dos contábamos y opinábamos sobre lo que se veía.
Me sentía muy cómoda con Chila (Sara) Neira en los diálogos y ella me comentaba que así no tenía el trabajo de estar enseñando lo que tenía que decir. Pasaron unos años en que fui formando mi vida y ella, con generosidad, por ahí escribía un artículo donde me mencionaba lo que hacía en el diario de mi tío. Fue una amistad que nos unió al pasar de los años en que yo, ¡por fin! había logrado conseguir un puesto de maestra.

Pero seguía con ella conversando en su programa. Les contaré una anécdota que me hizo comprender lo que era ser conocida y admirada en la labor periodística, como lo era ella, tan personal y esplénida en sus bocetos.
* * *
 
Me habló cerca del mediodía: «Minguet, vamos a Colón. Tenemos un reportaje que hacerle a Julio César Gancedo, (quien esos años se destacaba en la radio y televisión con sus comentarios históricos, muy escuchado y respetado». Bueno le dije, pregunté la hora y partimos. Yo era ya casada, pero había comprendido que era un trabajo que me gustaba.

Fue todo tan rápido al partir, que recuerdo que subí al auto que ella manejaba, sin preguntar. Por el camino me dice: «Donde veamos una estación de servicio, paramos, porque me voy a quedar sin nafta». Así fue, en la mitad del camino ya tuvimos que parar, cargó el auto y cuando iba a pagar, me mira desesperada y me dice: «Pero qué tonta, no puse la cartera, no tengo un centavo. Y vos?».

Yo le hice notar que me había sacado sin explicaciones ni diciéndome nada, de casa. Y me dice «Esperá a ver cómo arreglo esto».

Cuando se acerca el dueño a cobrar, la siento a Chila que le contaba lo que le pasaba, no se había dado cuenta que no llevaba cartera. Y ahí me sorprendí. El dueño le dijo: «No se preocupe señorita Neira, yo sé que usted me pagará en otro momento».

- ¿Me conoce usted? ¿De dónde?
- «No, la escucho todos los sábados y reconocí su voz, que es inconfundible. Vaya tranquila nomás y después me enviará el dinero».

Confieso que salimos impresionadas de su caballerosidad, máxime que ya era casi la hora de la entrevista en Colón con Gancedo.

Nunca le pregunté a Chila si le había enviado el dinero. Llegamos realmente conmovidas a Colón y más aún cuando vimos al Dr. Gancedo esperándonos.

Ambas pensábamos que sería un hombre serio, como lo veíamos en TV y que estaría molesto por la espera. Pero no, para hablar nos llevó a un escritorio, donde para poner nuestros nombres sacó un sobre usado de correspondencia e hizo ahí sus anotaciones que nos entregó sin más.

El sobre, la caballerosidad, el aceptarnos sin muchas vueltas a dos mujeres impresionadas con su presencia, pues fue un caballero más el dueño de la estación de servicio y este Dr. Gancedo que nos invitaba a almorzar, hizo que nuestros comentarios al regresar no tuvieran fin. Nunca olvidé a Chila explicando que había dejado la cartera.
Ni las risas que nos atacó al comprender que habíamos logrado salir adelante porque le conocieron la voz y ahora cuando la recuerdo, la evoco con aquel entusiasmo y su carácter tan especial para sobrellevar los contratiempos de la vida.

Así comencé a hacerme periodista y comprendí que era lo que tenía que ser, así que contra viento y marea arremetí con esta profesión que no puedo dejar porque me gusta, me da alegrías y satisfacciones y he tenido directores que me enseñaron un camino que no puedo abandonar, porque un día dije: siempre tengo que escribir las necrológicas porque conozco a la gente de Concordia, ¿y la mía quién va a escribirla?
Y el Dr. Liebermann me dijo, serio: «Dejámela escrita en el escritorio».
Pero creo desilusionarlo, porque no le haré caso.
Hasta otro día.
MINGUET