CORREO DE LECTORES

En mi vida cotidiana, ¿elijo dar o recibir?

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Algunas personas viven para darles a los demás; mientras que otras escogen recibir, antes que dar. ¿De qué lado te ubicás vos?

Es importante recordar que aquel que da a otros es más grande que aquel que recibe, aunque a veces parezca lo contrario. ¿Por qué? La razón es que si yo doy, es porque tengo.

                                                                                                                                                               A continuación algunas ideas sobre el hecho de dar en nuestras vidas, como se expresa en más detalle en el libro Soluciones prácticas:

La mejor forma de dar es por el placer de hacerlo. Cuando alguien le da algo a alguien porque lo necesita, está construyendo un vínculo de dependencia. A todos nos ha pasado alguna vez que le regalamos algo a alguien y esa persona no nos da ni las gracias. Lo cierto es que quien da esperando algo a cambio puede frustrarse o resentirse con facilidad. Esto es así porque se genera una deuda de carácter social. Por esa razón una madre puede llegar a decirle a su hijo: “Yo que te di la vida y vos me pagás de esta manera”; o un padre puede llegar a decirle a su familia: “Yo que trabajo duro para darles todo y ustedes me pagan así”.

Jamás deberíamos dar esperando una retribución pero, si lo hacemos, lo ideal es dejarlo bien en claro desde el principio: “Yo te doy esto y espero que vos me des aquello”. Quien da con generosidad, por el placer de dar, obtiene satisfacción de la misma acción de dar. Tenemos que disfrutar primero aquello que compartimos con los demás. Esto debe ser así porque nadie es capaz de dar lo que no tiene. Cuando somos personas que disfrutan de todo lo que la vida nos ofrece, nos sentimos impulsados a compartirlo con los demás con alegría y no nos pesa. Es bueno darle al otro lo que está necesitando.

Ayudar a alguien no implica hacerse cargo de sus problemas. A veces cuando uno le da a una persona algo que no necesita, él o ella no reconoce la ayuda y esto nos lleva a frustrarnos. En cambio, cuando uno le da a una persona justo lo que necesita, él o ella lo valorará de verdad y lo disfrutará plenamente. No ayudemos como nos gusta a nosotros sino frente a la necesidad ajena. Necesitamos saber que el alcance de la semilla que sembramos no tiene límites. Todos alguna vez ayudamos a una persona con la que nos reencontramos tiempo después, para enterarnos que, gracias a nuestra colaboración, fue un antes y un después en su vida. Esas cosas siempre nos traen una gran satisfacción y nos animan a seguir dando.

Hay gente que da para manipular al otro. Esto sucede especialmente cuando la persona da sin que se lo pidan. El manipulador que da de este modo piensa inconscientemente que es superior a quien recibe y tiene autoridad sobre su vida. Dar, para él o ella, es una forma de controlar a los demás. Por eso, nunca da lo que el otro necesita o desea, sino lo que él decide dar para manipular.

Pero tan importante como aprender a dar de manera sana es aprender a pedir y recibir. Quien nunca pide nada se coloca en una postura adolescente que esconde omnipotencia. Mucha gente no tiene idea de cómo pedir, tanto lo que precisa como lo que quiere y dice que siente vergüenza o que no desea incomodar al otro. En el fondo, estas personas albergan la creencia que dice: “Yo puedo solo y no necesito a nadie”.

Todos tenemos la capacidad de dar generosamente por el placer de dar, sin esperar retribución alguna. Pero también de pedir sanamente, sin omnipotencia, sin culpa. Cuando somos conscientes de ello y lo practicamos voluntariamente, atraemos la abundancia que está disponible para cada ser humano.

(Tribuno)