CORREO DE LECTORES

LISANDRO: la trágica decisión

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  Era el 5 de enero de 1939. Es decir, hace exactamente ochenta años. Una mañana de calor bochornoso en Buenos Aires. Más o menos como los días de ahora.

El hombre se levantó temprano. Poco antes de amanecer, en su departamento de Esmeralda 22.

La fecha habría de ser para él -y el país- un día importante.

Se dio una ducha fría y se enfundó un traje negro.

Se sentó en la máquina de escribir y tecleó algunas notas.

Cartas a amigos, correligionarios o allegados.

Venía escribiendo desde varios días atrás. Preparando los mínimos detalles de la evasión.

A algunos que vivían en el interior les mandó cartas certificadas, que recibirían uno o dos días después del suceso. “Para qué van a bajar a Buenos Aires, con este calor” se dijo.

Acomodó sus papeles, dejó algún dinero que le sobraba. Para gastos menores que se habrían de causar.

Se quitó el saco. Quedó en camisa.

Se sentó en su viejo escritorio. Sacó el revolver 38, que usaba cuando iba al campo. Apuntó derecho al corazón, allí donde vivorean las sutiles arterias de la vida. Y apretó fuerte el gatillo. Murió instantáneamente.

Un amigo que había cenado con él la noche anterior le reprochó que no se cuidara en las comidas “cuando reciba esta carta -le decía- comprobará que la decisión que he tomado no es incompatible con el buen apetito”.

El Hombre

Lisandro de la Torre -de él se trataba- había nacido en Rosario el 6 de diciembre de 1868, en el seno de una familia de relativa buena posición económica. Su padre era ganadero. Él mismo heredó campos y como lo dijera en un folleto “Explicaciones sobre mi Vida”, en algún momento, llegó a considerarse un hombre rico.

Fue presidente de la Sociedad Rural de Rosario y propietario de campos en el sur santafesino. Luego habría de adquirir una propiedad de cerca de 30.00 hectáreas, la estancia Pinas en el norte de Córdoba, lindando con La Rioja.

No se casó, permaneció soltero toda su vida. Y no tuvo, o no se le conocieron, amoríos.

Estudió en Buenos Aires, se recibió de abogado en 1888, a los veinte años, tras una carrera brillante.

EL RADICAL REVOLUCIONARIO

En 1890 participó, fusil en mano, de la famosa Revolución del Parque, siguiendo a Leandro N. Além, el legendario caudillo que pretendía el sufragio libre, la moral administrativa y el adecentamiento de las prácticas políticas.

Incorporado a la Unión Cívica, -que más adelante usaría el aditamento “radical”- aunque admirador del verbo y la ética incorruptible de Além, en realidad el joven Lisandro concordaba más con las ideas de Aristóbulo del Valle. Que propugnaba, más que una revolución violenta, una suerte de evolución gradual y, relativamente, pacífica y acuerdista.

Hombre inteligente, culto y talentoso, el ideal de Lisandro era un partido a la europea. Con sus grandes asambleas, sus debates brillantes, sus programas superadores.

Pero esa no era la realidad argentina. Por tal razón, después del suicidio de Leandro Além y la repentina muerte de Del Valle, Lisandro de la Torre habría de chocar con el nuevo conductor: Hipólito Yrigoyen, sobrino de Além, hombre quizá de no tantos méritos intelectuales pero, político más práctico, que entendía mejor a la sociedad argentina.

DESENCUENTRO CON YRIGOYEN

Lisandro renunció a la Unión Cívica Radical “por incompatibilidad con los que no piensan”. Acusó a Yrigoyen de ser el causante de la muerte de Leandro Além, su tío.

Se batieron a duelo en San Fernando, De la Torre terminó con una cicatriz en la cara. Nunca se reconciliaron, años más tarde Hipólito buscó un acercamiento, no pudieron entenderse.

Apartado definitivamente de la Unión Cívica Radical, Lisandro de la Torre creó una nueva fuerza política en Rosario, su ciudad natal: La “Liga del Sur” y más adelante, el Partido Demócrata Progresista.

Hipólito Yrigoyen fue elegido presidente de la Nación en 1916, el primer gobernante electo por el voto popular, secreto y obligatorio.

Lisandro de la Torre lo enfrentó en esa elección, y fue derrotado.

EL LEGISLADOR DE AVANZADA

Resultó electo, por la minoría, diputado nacional, por dos períodos: 1912/16 y 1922/26, destacándose en su banca como un legislador completo, de brillante oratoria, suma laboriosidad, profundidad y coherencia de ideas e iniciativas de avanzada, en distintos campos de la vida nacional.

Fue un entusiasta del régimen municipal, su tesis doctoral versó sobre ese tema.

Terminado su segundo mandato de diputado nacional, en 1926, se retiró a las tareas rurales en su campo de Pinas.

En 1928 por abrumadora mayoría popular, Hipólito Yrigoyen resultó elegido, por segunda vez, presidente.

No terminó su mandato: un golpe cívico- militar –el primero en la historia moderna- lo derrocó el 6 de septiembre de 1930. Así se interrumpieron ochenta años de vigencia constitucional, ininterrumpida desde 1853.

El jefe del movimiento triunfante, general José Félix Uriburu, amigo personal y admirador de Lisandro de la Torre le ofreció el ministerio del interior. Y, con ello la posibilidad de ser el candidato oficial a la futura Presidencia de la República, continuadora del período “revolucionario”.-

Pese a ser un enconado opositor a Yrigoyen, De la Torre no aceptó la oferta: “No acompañó un golpe militar” –le contestó al dictador “desde que estuve en Norteamérica (en 1901), - comprendí que no es esta la manera de arreglar las cosas”.

En vez de eso, prefirió ser el candidato de una coalición de centro izquierda: la llamada “Alianza” Demócrata Progresista-Socialista.

Ningún tipo de trampa, proscripción y arbitrariedad fue ahorrado en esa elección de 1932 en que se impuso la candidatura del general Agustín P. Justo.

Desde entonces, y por más de diez años años, regiría el fraude sistemático y la violencia en la politíca argentina.

EL FISCAL DE LA REPÚBLICA

Lisandro de la Torre fue electo senador por la Provincia de Santa Fe, única en la que ganaron los Demócratas Progresistas.

Desde su banca en el Senado se constituyó en un valiente defensor de los ganaderos pequeños y medianos, frente a la expoliación de los frigoríficos extranjeros, principalmente ingleses que manejaban el monopolio del mercado de carnes. La contundencia de sus denuncias y las pruebas exhibidas de las maniobras llevadas a cabo por el monopolio y sus cómplices vernáculos, los grandes terratenientes e invernadores, llevaron a un intento de acallar su voz. Un matón al servicio de un dirigente conservador bonarense, le disparó un tiro en pleno recinto. La bala acertó al otro senador santafesino Enzo Bordabehere, causándole la muerte. “Se conoce el nombre del matador, no el del asesino”, clamó De la Torre.

La investigación del comercio de carnes quedó cerrada.

EPILOGO

Don Lisandro renunció a su banca, ofreciéndole las dos, la de él y de Bordabehere, al partido Radical, si accedían a formar un Frente Popular de los principales partidos democráticos, contra el fraude y el fascismo, entonces en auge.

No aceptaron. Y se perdió quizá una de las mejores oportunidades para sacar a la Argentina de la decadencia y reencauzarla por la vía de la normalidad institucional, republicana y democrática.

Cansado y desilusionado, Lisandro de la Torre se retiró definitivamente de la vida política.

Estaba viejo y solo. Además, con problemas económicos serios: una pertinaz sequía y malos negocios le habían hecho perder su campo de Pinas y colocado al borde de la quiebra. Porque no le parecía ético, no aceptó un arreglo financiero con el Banco acreedor. Tampoco que sus amigos se hicieran cargo de su deuda.

En 1937, saliendo parcialmente de su aislamiento, pronunció un par de conferencia. A resultas de lo cual, discutió en una célebre polémica, con un sacerdote católico Monseñor Gustavo Francheschi.

Cualquiera que la lea imparcialmente se sorprende como un hombre ateo, o por lo menos agnóstico como se decía, desplegaba un conocimiento en materia de religión y teología superior a su oponente, hasta el extremo de abrumarlo y enmudecerlo.

Su carencia de fe religiosa, lo tornaba indiferente al temor a la muerte: “una vida que termina, no es más que una estrella que se apaga, que un carbón que se quema, que un árbol que se seca” escribió.

En diciembre de 1938 cumplió setenta años y fue festejado por sus amigos, que se maravillaban de su salud y lucidez y le pronosticaban, muchos años de vida útil. Pero él no se hacía ilusiones. “cuando se llega a la edad que yo tengo, mañana puede empezar la involución, física y mental. Es mejor, terminar”.

Eso lo llevó a agarrar, serenamente, el arma en aquella infausta mañana de enero del ‘39.

Así acabó la vida frustrada de un hombre de enormes cualidades, intelectuales y morales.

El gran estadista francés Georges Clemenceau que lo tratara fugazmente, comentó “ese es el hombre que deben seguir los argentinos”.

Si nuestros compatriotas de entonces le hubieran hecho caso, quizá otro sería el panorama, hoy.

 Dr. BERNARDO I. SALDUNA

 ASOCIACION “JUSTO JOSE DE URQUIZA”

CONCORDIA (E.R.)