CORREO DE LECTORES

MARÍA, MADRE Y MODELO DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

Escrito por:
+ Luis Armando Collazuol - Obispo de Concordia

María Inmaculada de la Concordia

Federación, 09 de septiembre de 2018 Lc 1, 26-38

Estamos viviendo el Año Diocesano de la Juventud. Nos alegra la presencia de tantos jóvenes en esta celebración. Con ellos contemplamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. La Anunciación a María es un relato de vocación. Ella escuchó el llamado de Dios, creyó, respondió con generosidad, y llena del Espíritu Santo concibió en su seno purísimo al Hijo de Dios. Una vocación que comprometió toda la vida de María. Educó a Jesús como Madre y lo siguió como discípula, permaneciendo con Él y escuchando su Palabra. Hizo suya la ofrenda de su Hijo en la Cruz y vivió la alegría de su Pascua. Reunió a la comunidad de sus discípulos para recibir el Espíritu Santo en Pentecostés y sigue acompañando como Madre a la Iglesia misionera. María es modelo de fe y de fidelidad a la vocación. A su intercesión encomendamos la fe y el discernimiento vocacional de los jóvenes. A ella contemplamos para todos alcanzar la gracia de una fidelidad como la que marcó su respuesta. Le decimos: “María, guía a nuestros jóvenes en su vocación”. Toda vocación nace del encuentro con una persona viva: Jesucristo el Señor. Hace unos 2000 años, en la lejana Palestina, por entonces bajo el dominio del Imperio Romano, apareció un hombre, joven, carpintero, de Nazaret, un pueblo pequeño y sin prestigio, llamando a otros a seguirlo. Ese hombre era Jesús, a quien sus discípulos reconocerían como el “Cristo”. Por entonces muchos esperaban la liberación de Israel, y se había acrecentado la expectativa de un “Mesías” salvador. Hoy ese mismo Jesús, ahora glorioso, sigue llamando. En todo el mundo, muchos llevamos el nombre de “cristianos”: seguidores de Cristo. Escuchado, seguido y amado, o rechazado y hasta condenado a través de los siglos: ¿Quién es? ¿A qué nos llama? ¿Qué ofrece para que vayamos en pos de él? La historia universal y nuestra propia historia nacional nos ofrecen ejemplos de muchos líderes que arrastraron tras de sí a multitudes. El pueblo encontraba en ellos un símbolo de sus luchas contra las opresiones, y la esperanza de una vida más humana, si no para todos, al menos para el sector por ellos representado. También los candidatos políticos basan su proselitismo en promesas de un futuro mejor.

¿Y Jesús? ¿Qué anuncia a sus seguidores? − ¿Bienestar temporal, prosperidad económica? “Los zorros tienen sus cuevas... pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” 


(L.9,57); “Vende lo que tienes y dalo a los pobres... y sígueme” (Mc 10,21). Jesús ofrece sacrificio y austeridad.

− ¿Grandeza, honores? “El más pequeño de ustedes, ese es el más grande” (Lc9,48). El discípulo debe hacer con los demás como el esclavo que lava los pies (Jn13,1-17). Jesús pide servicio y humildad.

− ¿Poderío, dominación? Los gobernantes y poderosos de este mundo hacen sentir su autoridad... “entre ustedes no debe suceder así... el que quiera ser grande, que se haga servidor” (Mc 10,42-43); “Mi Reino no es de este mundo...” (Jn18,33.36).

− ¿Seguridad personal? ¿Solución rápida a nuestros problemas cotidianos? ¿Estar bien, pasarla bien? “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).

Las condiciones que Jesús pide a sus seguidores no son atrayentes. Con esta “plataforma política”, pocos o ningún voto podría obtener Jesús.

Y, sin embargo, hoy como ayer, Jesús se impone y arrebata nuestro ánimo, y lo seguimos. ¿Qué nos atrae? Ni las promesas de una vida acomodada, ni un simple recuerdo, ni sólo las enseñanzas de un sabio Maestro del pasado.

¿Qué es lo que nos ofrece Jesús a nosotros para movernos a seguirle? Veámoslo en el Evangelio:

− No palabras humanas sino el mensaje de Dios, palabras de Vida eterna (Jn12,44-50).

− No un bienestar o un poder temporal, sino el Reino de los Cielos (Mt 4,17), y no sólo para el futuro, sino Dios mismo reinando ya en nosotros.

− Una paz que el mundo no puede dar (Jn14,27).

− Una liberación, pero la mayor de todas, de la opresión del pecado (Lc4,18-19).

− Una Vida que vence a la misma muerte, Vida eterna (Jn5,21.24).

Jesús ofrece todo esto cuando proclama su mensaje: el Reino de Dios llega para los hombres, es más, para los pecadores, aunque a condición de volver el corazón y la vida al Señor. Al recibirlo, encontramos el tesoro más valioso, la perla más preciosa (cf. Mt 13,44-46), y no nos conformamos ya con la vanidad de las promesas del mundo.

Jesús proclamó públicamente el Reinado de Dios. Pero en tanto predicaba a todo el pueblo, fue convocando en torno a sí a un grupo de discípulos. Ellos son el círculo más íntimo de sus oyentes, a ellos dio instrucciones específicas, ellos de un modo decisivo deben hacer lo que Jesús dice a todo el pueblo. A ellos enviará como misioneros a todos los pueblos y en todos los tiempos para continuar la obra empezada.

Esa “comunidad de discípulos” tiene una significación para los cristianos y para el mundo de hoy. La comunidad de los discípulos es un grupo “simbólico” del designio de Dios sobre todos los hombres, que “pre-figura” a la Iglesia, familia de Jesús a lo largo de los tiempos, que en sus comunidades concretas está llamada a reproducir aquel modelo primario de discipulado misionero. Toda vocación cristiana es comunitaria.

“Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús” (Cat Igl 2232).

Se trata de discernir el llamado personal de Jesús a cada uno de nosotros.

La escucha del llamado nos invita a profundizar el sentido original y personal de la vocación al seguimiento de Cristo, en el estado de vida y situación de cada uno, descubriendo los dones y carismas que el Espíritu Santo nos ha dado y nos da.

La vocación cristiana de todos y la vocación particular de cada uno nos llaman a vivir el vínculo inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad humana, lazo contenido y revelado en esas dos palabras de Jesús: “ven y sígueme” (Mt 19,21), y en aquellas otras: “vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28,19).

Se nos invita a interpretar y reconocer el dinamismo propio de nuestra vocación, su desarrollo gradual y concreto en las fases de buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él como discípulos, y partir desde Él como misioneros al encuentro de los hermanos.

Es una tarea personal: la historia de toda vocación cristiana es la historia de un inefable diálogo entre Dios y la persona llamada, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor.

Es una acción eclesial: la Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesús, es el ámbito propio del discernimiento y la respuesta a Jesús.

Aprendemos de María a hacer siempre lo que Jesús nos dice (cf. Jn2,5). Reunidos en torno a nuestra Madre, María Inmaculada de la Concordia, le pedimos que nos alcance a todos la gracia de vivir, como ella, la vida como una vocación que se realiza en la fe, la esperanza y el amor. Y especialmente le pedimos que entre nuestros jóvenes haya también respuestas generosas al llamado al sacerdocio, la vida consagrada y el servicio misionero. Con una oración de San Juan Pablo II le decimos:

Virgen Santísima, que sin dudar

te has ofrecido al Omnipotente

para la actuación de su designio de salvación,

infunde confianza en el corazón de los jóvenes

para que haya siempre pastores celosos,

que guíen al pueblo cristiano por el camino de la vida,

y almas consagradas que sepan testimoniar

en la castidad, en la pobreza y en la obediencia,

la presencia liberadora de tu Hijo resucitado.

Amén