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EL SEÑOR DE LOS ALMANAQUES

Escrito por:
María Rosario Echeverría

Bien vale recordarlo


No es otro que el especialísimo Florencio Molina Campos. Seguramente lo asociamos de modo singular a sus hermosísimos almanaques, esos con estampas campestres que adornaron nuestra vivienda, marcándonos con puntualidad lo que nos decía el calendario. Únicos, atrayentes y coloridos constituyeron un verdadero y reconocido motivo para realzar la peculiaridad de las paredes.

Florencio Molina Campos nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891 y falleció el 16 de noviembre de 1959 en su ciudad natal, o sea, estamos frente a un nuevo aniversario de su muerte.

El 5 de octubre de 1891 el párroco de San Nicolás, Eduardo O’Gorman, bautizó con el nombre de Florencio de los Ángeles a quien hoy conocemos como Florencio Molina Campos. Era hijo de Florencio Molina Salas y de Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos. Durante su época de estudiantes en los Colegios La Salle, El Salvador y el Nacional de Buenos Aires, pasaba sus vacaciones en la estancia paterna “Los Ángeles”, del Tuyú y más tarde, en “La Matilde”, situada en la entrerriana localidad de Chajarí.

Desde muy chico dibujó paisajes, escenas y personajes camperos que había observado y registrado durante esas vacaciones de su infancia.

Tenía 35 años cuando inauguró su primera exposición en el Galpón Central de la Sociedad Rural. El presidente Alvear visitó la muestra y adquirió dos de sus obras. Al año siguiente expuso en la viaje rambla de Mar del Plata. Desde 1931 a 1944 pintó los almanaques para la firma Alpargatas que conforman lo más difundidos e importantes de su obra.

Admirador de Molina Campos, nada menos que Walt Disney lo contrató como asesor para varias de sus películas, pero el resultado de esta asociación no satisfizo a nuestro artista porque veía desvirtuada la imagen del hombre de campo argentino.

Son memorables sus ilustraciones para el “Fausto”, de Estanislao del Campo.

En Estados Unidos de Norteamérica, donde residió varios años, se hicieron famosos los almanaques que pintó para su empresa productora de máquinas agrícolas.

En 1969 se constituyó la Fundación “Molina Campos” y en 1979 la señora María Elvira Aguirre de Molina Campos inauguró en la ciudad de Moreno, un museo dedicado a su memoria.

Molina Campos trabajaba de noche y pintaba varias obras al mismo tiempo, casi siempre en papel Canson Montgoltfier de color, cuando no empleaba, para trabajos menores, cartón de cajas de ravioles. Los almanaques fueron pintados al agua gouaches, acuarelas o témperas, con algunas intervenciones de tintas y lápices. Sus intentos con óleo no fueron los más logrados. Solía calcar algunas figuras que luego tomaba, invertidas, como base para otros personajes.

Su obra nació de una vivencia infantil. En el mágico círculo de su niñez vio semejantes gauchos, caballos que reían a carcajadas o cantaban en la noche, hombres adornados con estrellas de hierro en los talones y las piernas envueltas en rudos pañales, reuniones alrededor del fuego de gente salida del horizonte, sorbiendo un extraño brebaje, el mate, en un raro recipiente con un tubo metálico.

No olvidó nunca el íntimo olor de un rancho con una litografía de Cristo y un espejito con marco de lata colgado en la pared, junto a una cola de caballo que sostenía un peine. Había también una cama de “fierro” con un poncho y un paquete de velas sobre un banco.

Y ni qué decir de detalles tan especiales como un paisano plantado en la puerta de un boliche de campaña, los pies chuecos y una boina o un sombrerito sobre los ojos, pialando un potro en un corral, pasando con sus caballos y sus carros, con sus grandes dentaduras, hambrientas o risueñas y sus sacos que les quedaban chicos, sus mujeres respetables, con tortas fritas y mate, cansadas de lavar ropas o sentadas delante de un horno. Con humildad y devoción, casi con inocencia, dejó un testimonio de ese pasado con una gracia y una frescura que no pierde uno solo de sus brillos con el paso del tiempo. Autodidacta, sin una estrecha sino casual relación con los maestros de la época, sus extraordinarias pinturas, tocadas por la magia de la gracia, enunciaban sin declamaciones la sobriedad y el esfuerzo, la rectitud y la alegría, acompañaron día a día, a lo largo de muchos años, la vida de millones de argentinos. Hoy forman parte del patrimonio artístico de nuestra queridísima República Argentina.