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RECORDANDO A UN GRANDE... Marzo nos acerca a un ser especial

Escrito por:
María Rosario Echeverría
Apaciblemente se deslizaba aquel otoño del año 1901 cuando vio por primera vez la luz de este mundo, en Buenos Aires, exactamente el 27 de marzo, Enrique Santos Discépolo, «Discepolín».
También esa misma ciudad fue quien lo vio fallecer el 23 de diciembre de 1951.
Transcurrió su niñez en la calle Paso al 100, barrio del Once. Debió enfrentar la tristeza de quedar huérfano de padre y madre a temprana edad por lo cual quedó bajo la tutela de su hermano Armando, un destacado hombre de teatro.
La pérdida de sus padres en plena infancia contribuyó en forma muy seria a modelarle un carácter introvertido. Hay quienes lo rotulan «el filósofo del tango» no es tampoco desconocido que Discépolo mostró a través de sus obras su pesimismo y desesperanza, teniendo siempre presente, cierto misticismo al invocar en la mayoría de sus creaciones a Dios.
Manzi decía «sospechar» que los magníficos tangos que nos dejó Discépolo los escribió envuelto en una sonrisa entristecida y con su careta pálida de clown.
Considerado un poeta de lirismo escéptico, en 1924 escribió el primero de sus tangos, pero sólo como músico ya que lleva letra de Antonio Saldías y por título «Bizcochito». Dos años después comienza a tejerse la telaraña espléndida de sus composiciones inolvidables que lo tienen como poeta y músico, componiendo por entonces el recordado «Qué vachaché».
Y fue en 1928 que se consagró popularmente con «Esta noche me emborracho», singular composición que desnuda su profunda filosofía desencantada, nota puntual que ya no se apartará nunca de su obra y en la que dice:
«Fiera venganza la del tiempo
que le hace ver desecho lo que uno amó».
Su actividad fue variadísima y exitosa. Fue actor, autor teatral, músico, libretista, director cinematográfico, director de orquesta, conferencista y comentarista en la radiotelefonía, donde desmenuzó el nacimiento de sus tangos y personificó el controvertido «Mordisquito». No caben dudas de que es recordado especialmente por su intensa tarea de letrista y compositor de tangos, los cuales suman larga lista, pudiendo mencionarse, entre otros: «Malevaje», «Yira-yira», «Cambalache», «Cafetín de Buenos Aires», «El choclo», «Soy un arlequín», «Desencanto», «Chorra», «Justo el 31» y «Victoria».
Es autor de importantes piezas teatrales entre las que caben citarse «Blum», del año 1950; «Los duendes», «Día Feriado» y «El organito», que data de 1925, escrita en colaboración con su hermano Armando.
Se recuerda casi como una anécdota de este grande, nacido en el mes de marzo, que fue Enrique Santos Discépolo, que la letra de «Canción desesperada» le insumió un año de trabajo para encontrar una palabra que lo conformara, esa palabra que fue la que terminó con su vida... «corazón».
La fama lo tocó distinguidamente con su varita mágica. Su rica creación sirve, vale decirlo, como contribución para aseverar que el tango, como toda otra música popular, no nace y muere: continúa y es continuado.